“Muchas mujeres indígenas que migran a las ciudades a trabajar en el hogar, para que otras mujeres puedan salir a trabajar, son invisibles, apenas se les dio la posibilidad de que pudieran tener su seguridad social (…) son invisibles allá y también cuando migran, por supuesto que las mujeres indígenas tienen que estar al centro”.

La declaración de Claudia Sheinbaum, hecha desde el Salón Tesorería de Palacio Nacional, mereció ser desplegada de manera prominente en muchos medios de comunicación. Parecía como si esas palabras marcarían un antes y un después para millones de mujeres indígenas del país.

Lo mismo sucedió después, cuando se anunció que un documento de 52 páginas, La Cartilla de las Mujeres, sería traducido a 35 lenguas indígenas.

Igual que con la primera declaración, la interlocutora de tal proclama pareció conferirle grandes poderes a ese silabario al afirmar que será una herramienta pedagógica, “una vía para que las voces de las niñas, jóvenes, madres, abuelas indígenas lleguen más lejos”.

México cuenta con 68 agrupaciones lingüísticas y 364 variantes, lo que lo convierte en uno de los países con mayor diversidad de lenguas en el mundo.

Foto cortesía de la agencia Notimia. Fuente: Juana García, 18 enero 2024. «El fogón en la cocina tradicional de la colectiva Siwalcentli en Zongolica, Veracruz«.

Más de 7 millones de personas hablan una lengua indígena, y muchas de ellas son mujeres que enfrentan desigualdades adicionales por su género, algo a lo que no son ajenas millones más, de los 67 millones que conforman la población del país.

Pese a la carga política que se busca darle en algunos segmentos de la sociedad, tales pronunciamientos no tienen eco y caen en el olvido tan pronto se hace el próximo. Vivimos en el país de las declaraciones, algunas de las cuales, muy pocas, han trascendido a quien las profirió.

Pero al escuchar estas frases con las que se pretende hacernos creer que ahora sí la mujer indígena será visibilizada y que su voz llegará más lejos, no puedo evitar pensar en mi abuela paterna Vicenta.

Ella fue una indígena tlaxcalteca que, cargando una enorme canasta, vendía comida en la antigua estación ferroviaria en Apizaco donde la mató un ferrocarril.

No la conocí ni tampoco ella a mí, pero su recuerdo no se perdió gracias a mi madre, quien me contó de su existencia siendo yo un niño. Ella -a su vez- lo supo por lo que mi padre le contó.

– ¿Abuela, ¿qué piensas de eso que dicen de ustedes los políticos ahora?- me hubiera gustado preguntarle.

– ¿Abuela, qué piensas acerca de que La Cartilla de las Mujeres va a ser traducida a 35 lenguas indígenas?-, le preguntaría, sin saber si acaso sabía leer.

A veces, caminando, o cuando voy en el autobús del transporte público y veo en los cruceros a jóvenes -algunas cargando bebés envueltos en rebozos-  y niñas indígenas, con sus ropas tradicionales y zapatos de plástico, haciendo malabares con pelotas plásticas o naranjas, la evoco a partir de lo que mi madre me platicaba.

No tengo noción alguna sobre cómo era su parecido, -siempre me dijeron que yo era el retrato vivo de mi papá- pero seguramente su piel era tan morena y su cabello tan negro y lacio como los de esas mujeres y niñas que se apostan frente a los vehículos, detenidos por la luz roja del semáforo, dejando de lado su dignidad para mendigar unas monedas.  

Ocasionalmente también pienso en ella cuando veo a mujeres indígenas afuera de restaurantes o centros comerciales, tejiendo cestas, canastas y bolsas, y me pregunto entonces, si acaso escucharon lo que se pregona sobre ellas desde los salones del poder.

¿Saben que este es el Año de la Mujer Indígena?

¿Saben que existe un documento con el que sus voces llegarán más lejos?

¿Saben adónde llegarán sus voces, y qué pasará después?

No, ellas no son invisibles. Ahí están, a la vista de todos. De todas. Víctimas de la explotación de hombres indígenas.

Es una explotación tolerada y que parecería ser aceptada en sus comunidades y aún por extraños, como parte de sus usos y costumbres, como sucede con el matrimonio de niñas con hombres adultos, que tanto escozor provocó en el émulo de Benito Juárez cuando le fue denunciado.

Ciertamente no se puede generalizar y decir que ésta sea la condición de todas las mujeres indígenas, como tampoco se pueden pasar por alto las historias de éxito y superación de miles de ellas.

Pero las menos afortunadas están a la vista de todos. No son invisibles, nosotros hemos negado su existencia.

”Amo ninotlahpoloa, nica uan ninocehuilía»  

– No me pierdo, existo. Estoy aquí y soy vida  

                                                     Lengua Náhuatl

Foto: Cortesía Agencia de Noticias Notimia.