Es la década de los 80. El PRI goza de sus últimos años como eje de la política nacional, aunque el presidente Miguel de la Madrid Hurtado aún se resiste a dejar las costumbres que tan mala fama le han dado al partidazo.

“Somos un país de rituales” se justifican los viejos saurios tricolores, para explicar por qué todavía continúan como escenas que se repiten cada año, el carro completo, la simulación de las elecciones de candidatos al interior del partido, la repetición de sus triunfos tramposos en las urnas. Todavía gozan miles al cabalgar a lomos del jamelgo de la Revolución, tan fatigado por tantos vividores enquistados en las nóminas oficiales de todo el país.

Y porque somos una nación de rituales se justifica que los niños seamos acarreados, que seamos obscenamente utilizados al servicio de una causa política. “Son los rituales”, muchacho, me explica la profesora cuando le pregunto por qué tenemos que acudir los estudiantes de la Secundaria 12, turno vespertino, a la inauguración de la planta potabilizadora de San Roque, en Guadalupe, ubicada en las faldas del Cerro de la Silla. Como deber cívico, hay que saludar al Presidente de México, que presidirá la ceremonia de apertura, me dice.

Los profesores de mi escuela quieren agradar al partido, a la Sección del Sindicato de Maestros. Tienen qué hacerse presente con una cuota de alumnos. Es importante que el Presidente sea recibido con entusiasmo. Imposible, que haya un acto desairado, de poca gente, sin ánimo.

Qué importa lo que digan los güercos, lo que sientan, son maquinitas hechas para la obediencia. El que reclama es objeto de disciplina. El inconforme merece represión.

En esos tiempos, recuerdo aún, las mamás de los niños indisciplinados le decían a la maestra: “Péguele a este canijo, le doy permiso, es bien mal portado y no entiende”. No hay oposición paternal ante los designios de los profesores. Al papá alebrestado lo castigaban dándole malas notas a su muchacho. No existía la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, ni se había definido el bullying como conducta censurable.

Acarreo

Se le decía la bufalada a esa práctica grosera de políticos que acudían en bola al aeropuerto para recibir al Presidente de México. Era importante dejarse ver, formar parte de la manada que se apersonaba para hacerle sentir al líder el calor de la base.

Acá fuimos como borregada a ver un acto público en el que el pomposamente llamado Jefe de la Nación abriría una enorme manivela para que el agua que fluía de la Presa Cerro Prieto fluyera hasta la zona metropolitana, en esa planta purificadora que daría abasto a la sedienta ciudadanía.

Las felicitaciones eran para el gobernador Alfonso Martínez Domínguez y el Presidente Miguel de la Madrid Hurtado por construir el acueducto Linares – Monterrey. ¡Qué viva el PRI!

Acudimos con el uniforme de entre semana, pantalón de mezclilla y camisa blanca. Había otros chicos de otras escuelas que llevaban el atuendo caqui con la negra corbata asfixiante. Supongo que trajeron niños de otros municipios, de todo el estado para aclamar al prócer, a ese señor de guayabera blanca y sienes plateadas que sonreía siempre con labios apretados. De la Madrid, le decían, y aunque había ganado la presidencia un par de años antes, las bardas con su nombre las podía ver todavía en cualquier lado, con su emblema MMH y el lema de renovación moral.

El calor era infernal. Estar en el Cerro después del mediodía era inhumano y nosotros estábamos a media tarde, cuando debíamos estar en el aula, en la sombrita, tomando las aburridas clases de Geografía y matemáticas. Pero ese día suspendieron las clases para acompañar al Presidente, como si nos necesitara.

Y ahí estábamos. Algunos llegamos en camiones a los que nos subieron, y otros por su propio pie, porque vivían cerca del sitio del evento. El caso es que nos formaron en filas para estar ahí de pie, como dos horas esperando a que llegara el susodicho personaje. Para la sed, había un puesto donde un tipo moreno malhumorado, cogía de un tambo el agua con un cucharón como de agua fresca, y lo servía en un vaso que nos iban repartiendo a todos.

Estaba bien asquerosa la solución para hidratarnos, pero cuando eres un chaval esas cuestiones no son relevantes.

Bienvenido

Finalmente se apareció el invitado de la tardeada

Alguien cogió el micrófono, un maestro de ceremonias, animador, locutor, no sé, quizás alguien enviado desde la Presidencia de la República para dar indicaciones: “En estos momentos viene llegando el señor Presidente de México, Licenciado Miguel de la Madrid Hurtado, ¡un aplauso para el Presidente!”

Aplaudimos por inercia, acalorados, sin saber por qué estamos ahí. Allá a lo lejos se veía el corro de los señores y señoras importantes que se movían, como una cohorte de aduladores, en torno al patrón. No poníamos atención a lo que decían las autoridades, ni a la explicación de los especialistas. Nos hemos pasado dos horas fuera de la Secu, lo cuál está bien, porque cualquier anomalía, ante la rutina de las sosas clases, se agradece.

Las horas han transcurrido entre chistes, cotorreos, bromas entre nosotros, porque no había nada qué hacer, más que buscar divertirnos, ante los reclamos insistentes de los maestros que inútilmente pedían que guardemos compostura. A veces el civismo en la práctica es terriblemente aburrido

A lo lejos escuchábamos un murmullo creciente, como si algo hubiera salido mal. El barullo era concéntrico, y se expande como las ondas de una piedra en el estanque. Había silbidos, cada vez más intensos, hasta que finalmente se impusieron los aplausos y los vítores. De la Madrid ha abierto una llave circular que gira, hasta que brotó un chorro. Ya llegaba el agua de Cerro Prieto.

El Presidente levantó la mano y saludó, como si nos echara la bendición y se retiró. Fuimos a ver a un señor que no conocíamos, a que girara una manivela para que brotara un torrente de líquido y para eso se hizo toda la monumental movilización de chiquillos, traídos de todo el estado. Qué maldito desperdicio de energía, recursos, tiempo.

Al día siguiente, en el periódico vi que la rechifla fue porque, a la hora de la inauguración, el Presidente le dio vuelta a la manivela y el agua no salía. Tuvo que darle muchos giros, ante la angustia de los que lo veían, para que, finalmente, brotara el chorro anhelado.