En la secundaria 12, Domiro estaba prendado de Romelia. Era evidente la fascinación que provocaba Rome en Miro, lo que naturalmente ocasionaba todo tipo de burlas de nosotros hacia él que, pese a todo, disfrutaba las puyas. Él era mi compañero de aula en primer año del turno vespertino, y ella estaba en otro grupo, aunque del mismo grado.

Sus personalidades eran de contrastes pues Miro era cascabelero, zumbón y expansivo. Como líder de la rondalla de la Secundaria tocaba el requinto con un nivel sobresaliente. Sacaba buenas calificaciones y los profesores lo consentían, por simpático. Era un muchacho que caía bien. Le tenía particular afecto la directora, profesora Galíndez, que lo felicitaba constantemente por su talento y disciplina.

Olvidaba decirlo: Domiro era feo. Tenía una panza de sedentario, las mejillas prominentes, los labios abultados, como cocotero del trópico, y unos ojos grandes expresivos con párpados a medio cerrar. Las cejas le crecían espesas y descontroladas, y los rulos del cabello nunca se le acomodaban y se le erizaban rebeldes.

Ella, en el sentido opuesto, era muy linda, pero parecía no darse cuenta de su belleza natural. A diferencia de otras compañeras que ya usaban rubores y lápices para labios y cejas, Rome sin maquillaje brillaba como una princesa del imperio prusiano, altiva y elegante, aunque vistiera el mismo uniforme de todas. Su tez era como hoja de cuaderno sin raya, para dibujos de Artísticas.

Quizás lo que la distinguía era su aire de misterio, porque casi no participaba en nada, y tenía pocas amigas, con las que hablaba casi en cuchicheos en el corro acostumbrado que hacían en los minutos del descanso. Era estudiante de dieces, de las que cada año obtenían diploma de calificación sobresaliente.

Enamoradizo

Las amigas de Romelia nos decían, a espaldas de Domiro, que el trovador sí le caía bien, aunque fuera feo, y que ella se daba cuenta de que le gustaba. Evitaba conversar con él, porque sentía que un día se le declararía para pedirle que fueran novios.

Romelia sabía que Domiro era adelantado en esas cuestiones de romance y que, desde sexto de primaria, según se decía, ya había andado con algunas niñas de su escuela. Era muy lanzado, por lo que prefería mejor evitarlo. Con prudencia infantil afirmaba que, a la edad que tenían, el noviazgo era una tontería.

Debo decir que Miro nos provocaba admiración, porque ya se interesaba en esos temas de ligue, que a los demás nos parecían tan lejanos. Caramba, estábamos en primero de secundaria y nuestras preocupaciones estaban concentradas en el partido de futbol que jugaríamos el sábado siguiente en el equipo de la colonia.

“Nuevo León se fundó un 7 de mayo de 1824”, nos notificó Domiro un día, antes de que sonara la campana para ingresar al salón. Nos sorprendió, porque sus charlas, como se mencionó antes, eran más de ensoñaciones y suspiros. “Mi abuelito también compró un violín”, le dije para darle a entender que desvariaba con el comentario.

Suspiró, como perdonándome, y nos aclaró que ese día habría honores a la bandera, y que él y su guitarra se encargarían del número estelar de la asamblea. Enigmáticamente, dijo que estaba listo para lanzarse al vacío sin paracaídas.

El foro del amor

Al lunes siguiente, la profesora Galíndez fue maestra de ceremonias de la larga asamblea celebrada en el foro ubicado en el extremo del patio.

Las decenas de chicos de la secundaria 12 de Guadalupe estábamos asoleándonos terriblemente, mientras nos aburríamos con monografías de los platillos y dulces típicos del estado, y biografías de los padres fundadores. Hasta que llegó la parte artística.

Orgullosa, la directora Profesora Galíndez, anunció en el micrófono de pedestal: “A continuación nuestro compañero Domiro Pasalagua nos deleitará con un ramillete de selectas melodías”.

Hubo un silencio expectante entre las filas. Caminó Miro al centro del foro llevando en las manos la guitarra y un banquito que colocó a modo en el piso. Pero además llevaba ¡un atril! Bajo el brazo traía algunas partituras, que colocó sobre los fierros oscuros que se sostenían con un tripié. Subió la pierna al banco y sobre el muslo colocó el instrumento. Era teatrero, mi compañero. Su porte era de figurín feo, pero elegante.

Ajustó Miro el micrófono: “Esta es para ti, Romelia, con cariño”. Hubo un murmullo de sorpresa. Las miradas se concentraron en la aludida, que se mantenía serena en su sitio, inexpresiva. Miro entonó, virtuoso como Chamín Correa, toda la melodía de Entrega total. La directora, a un lado del foro lo miraba con curiosidad, pero en silencio.

Voy a entregarme a ti en una forma totaaaaaal”, entonó Domiro mientras nos mirábamos desconcertados. Algunas compañeras se retorcían de pena, sonrientes y con las mejillas enrojecidas.

Terminó la melodía y, sin esperar nada, el bardo expresó con mucho sentimiento: “Romelia, ojalá no tuvieras de roca el corazón”. Hubo otra exclamación de asombro. Romelia seguía inexpresiva, y pensé en Miro arrojándose de la avioneta sin paracaídas. Rome estaba a varios metros de distancia, y aunque no podía ver con claridad sus facciones, era obvio que temblaba en su sitio.

Y Domiro con la voz traspasada por el sentimiento, recitó el solo con tono grave:

Corazón de roca, yo transformaré tu dureza en tierno romance, que unirá nuestras vidas, por la romántica blandura de tus besos”.

Y empezó la canción doliente. Los profesores se aproximaron a la directora y cuchicheaban. Algo grave pasaba.

Era inusual la parte artística de la tarde, pero no se había salido de control, pensaba. La asamblea era un hitazo. Nunca en la historia de la Secundaria se había vivido un espectáculo tan sentido, y que realmente tocara el corazón del alumnado.

“Y por último, esta melodía…”, Domiro no pudo terminar la frase, porque a paso veloz entró la directora Galíndez: “Alto ahí, jovencito, es suficiente. Retírese. No será premiado con aplausos”.

Y le quitó el micrófono.

Teatrero hasta el último suspiro, Domiro recogió guitarra, banquito, fierros y hojas, y levantó la nariz hacia el techo del foro para salir con dignidad por la escalera trasera.

¡Firmes!

Severa, la directora profesora Galíndez expuso con suavidad y mucha energía:

“Señor Domiro, debe usted saber perfectamente que esta asamblea no es un show de complacencias, ni programa de dígalo cantando. No sé a qué se refiere con sus aspiraciones románticas, siendo un chiquillo mocoso como es, que aún no sabe lo que es la plenitud del amor… espero. Pero sepa que aquí no se permitirán este tipo de expresiones de disipación y desenfreno. ¡Firmes!”

De inmediato todos los alumnos nos desperezamos. “¡Escolta!”, rugió la directora Profesora Galíndez, y la escolta se puso en movimiento, para marchar por el patio. Cuando la bandera fue entregada sonó la Marcha de Zacatecas y, como de costumbre, ingresamos en hileras a los salones.

No hubo repercusiones para Domiro, afortunadamente. Pero se habló del incidente durante el resto del año.

Romelia le dijo a sus amigas que se sintió humillada y le retiró el saludo a Miro durante los tres años que duró la Secu. A mi amigo no le importó mucho el veto de la pretendida, porque a la semana ya andaba de novio con una alumna de segundo.

Hay momentos de la comedia estudiantil que son inolvidables, como el de la presentación de Domiro. Lo peor de todo es que cada vez que escucho Corazón de roca pienso más en la severa directora Profesora Galíndez, que en mi amigo o su enamorada.