Ésta es la historia de una serenata inusual en la Plaza de Guadalupe.
La familia de Esteban era de las más acaudaladas de todo Guadalupe. El papá había hecho fortuna con el negocio de las botanas y frituras y mi amigo gozaba de los beneficios que significaba ser hijo de ricos. La mamá se sentía gringa, porque cada año visitaban familiares en Chicago y a él lo llamaban Steve o Stevie, de cariño, lo que a nosotros nos provocaba risa y nos movía a llamarlo igual, pero con sorna.
Pero debo aclarar que, de chavos, Steve siempre se comportaba con mesura, nunca abusaba de su posición y, entre nosotros, empleaba su dinero e influencias para pagarnos las parrandas, el cine y las cenas.
Hubo una sola vez, cuando teníamos unos veinte años, que Esteban rebasó el límite de la prudencia en el manejo de sus recursos ilimitados. La razón del exceso fue porque se había enamorado.
Sorpresa
Me caía bien Olga, una chica guapa, morena, de cuna humilde que tenía, entre sus virtudes, ser buena estudiante de dieces. Era recatada y se trasladaba de la escuela a la casa. Los fines de semana salía a dar la vuelta con Esteban, a quien ya veía poco, porque todo su corazón estaba ocupado en la chica.
Un sábado temprano, Steve me convocó para que lo respaldara en una idea alocada. Había elegido para su plan la celebración de la Revolución Mexicana, que esa noche convocaría a centenares a la Plaza Principal de Guadalupe. Se le había ocurrido llevarle serenata a su novia en la fecha patria, pero lo haría de una manera singular.
Lo que me propuso me sorprendió, porque no creí que llegara a tanto, pero él insistió, pues la chica era tan preciosa para él que valía cualquier esfuerzo para agradarla. Rechazaría cualquier intento de disuasión, así que acepté ayudarlo, guardándome mis temores.
Ya tenía todo listo. Para el plan tenía que hacer cómplice a un amigo suyo Filipo, igual de fresa y ricachón que conoció cuando estudiaban ingeniería en el Tec, pero también buena onda, al que a veces invitaba a nuestras reuniones del barrio. Este cuate, a su vez, había convocado a su novia Liz, para hacer un cuatro en la velada que sería inolvidable.
Tequila
A las ocho de la noche inició el show. En la esquina de Hidalgo y Guerrero los esperaba la carreta tirada por dos hermosos corceles. Esteban estacionó cerca de ahí su coche Audi y de él descendió junto con Olga, Filipo y Liz. Los cuatro iban vestidos para la ocasión del festejo mexicano: ellas, como bellas chinas poblanas de atuendos idénticos, con ribetes en la cabeza y aretes enormes plateados; ellos estaban ataviados como charros al estilo de Vicente Fernández, con un enorme sombrero de fieltro negro y galas plateadas. Hasta ruidosas espuelas llevaban como parte del outfit.
Los cuatro habían acudido por la mañana a una tienda de renta de trajes, donde se apañaron las prendas para lucir despampanantes en la serenata preparada por el cariñoso Stevie.
Todo el operativo que debía coordinar me hacía sentir inquieto, pues había cuestiones que quedaban al azar y que no habían sido debidamente definidas.
Subieron los cuatro a la calesa adornada con guirnaldas y avanzaron por Hidalgo hacia el poniente, rumbo a la Plaza. Stevie encontró complacido una hielera que coloqué previamente bajo uno de los asientos de la carreta. Extrajo una botella de tequila y vasos de plástico en los que se sirvió los tragos que compartió con Filipo. Para las chicas había botellas de refresco a las que echaron mano.
El vehículo avanzaba lento jalado por los apacibles cuacos, y yo iba a su lado caminando a discreta distancia, viéndolos nervioso mientras andaban seguidos por coches que se acumulaban tras ellos.

Una cuadra después, en el primer filtro, pedí permiso a los rescatistas de Protección Civil que habían bloqueado la calle para que la gente pudiera caminar sobre el arroyo. Les dije de la idea de la serenata, lo que significaba para el folclor guadalupense el recorrido de mi amigo, el esfuerzo que hizo con los atuendos y su disposición a llevar la fiesta en paz. Los rescatistas aceptaron de buena gana y la carreta avanzó.
A media cuadra esperaba una de las sorpresas de las que personalmente me había encargado. Comenzó a atronar el mariachi que se encontraba en la banqueta y que comenzó a seguir la rodada lenta. La Bikina se escuchaba acercándose a Plaza principal y Steve, como el dueño de la noche, se veía inmensamente feliz.
Mientras caminaba a su lado, me lo imaginaba en el momento más estelar de su vida. Sus acompañantes lucían fascinados por la extravagancia en la que se habían involucrado. La concurrencia miraba entre divertida y admirada el carruaje con caballos, jalados de las riendas por el cochero, vestido como chinaco con chaparreras, chaleco rojo y pañoleta en la cabeza, bien caracterizado.
Como un mirrey, Stevie a veces se ponía de pie, sospecho para que lo admiraran, mientras le entraba duro al tequila y servía porciones generosas al Filipo, que libaba e iba hablándose al oído con Liz. Olguita, como una reina de carnaval, iba agitando la mano para saludar a quienes los veían desde las aceras.
Un par de horas después, cuando se deslindaron responsabilidades de lo que pasó, no se supo de quién había sido la idea. El caso es que el coche, en lugar de seguir por la calle Hidalgo, subió por Barbadillo, que es paso peatonal.
Historia de una serenata
Acompañado del mariachi, que cantaba Si nos dejan, el cuarteto feliz pasó frente a la Presidencia Municipal y a la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe. Iba a cruzar por completo la Plaza para incorporarse a la calle Guadalupe, cuando de pronto se interpusieron frente a los corceles dos uniformados de la policía municipal.
Ordenaron a todos, el cochero incluido, que bajaran. Esteban, desconcertado, ayudó a apearse a Olga, mientras Filipo hacía lo mismo con Liz. Busqué intervenir para explicarle al agente, un veterano de aspecto rudo, el sentido tradicional de la procesión, pero apenas dije unas palabras me hizo callar. Preguntó quién estaba a cargo de la caravana a lo que Steve dio un paso al frente, sacando el pecho.
El policía en jefe lo olió y le dijo, con reproche, que estaba alcoholizado y que no podía ir por la calle, en un vehículo descubierto, embriagándose. Detectó el mismo aliento en Filipo.
Las chicas estaban a salvo y ajenas al problema, por lo que les ordenó que se colocaran a un lado y que, si querían, le hablaran a sus papás para que pasaran por ellas, porque los señoritos estaban en problemas.
Me aprestaba a defender a mis amigos, cuando una patrulla encendió la torreta, echó en reversa e hizo que los dos charros subieran en la batea, en calidad de detenidos, por alterar el orden y embriagarse en la vía pública. El caimán de los mariachis se me acercó y le pagué la parte que se debía, tras lo cual se retiraron. En eso estaba cuando la patrulla arrancó.
Olga y Liz estaban desconcertadas y nerviosas, a punto del llanto. Las tranquilicé, diciéndoles que lo que ocurría era una falta menor. Les sugerí que hablaran a sus papás, que disfrutaran la velada por ahí mientras iba por sus novios a la comandancia de la Policía municipal.
La jaula
Corrí por el Audi que había dejado a una cuadra de distancia y me enfilé rápidamente al cuartel. Llegué junto con la patrulla. Los policías, riéndose, ayudaron a los charros a bajar. Era obvio que no representaban ningún peligro, a diferencia de los ebrios, rateros peleoneros, con los que eventualmente lidiaban cada noche. Esteban y Filipo tenían en la frente etiqueta de fresas y se veían asustados. Nunca habían estado en una barandilla ni lo estarían en el resto de sus vidas apacibles.
El Poli veterano, reconociéndome, me dijo que me reportara con el juez calificador para que pagara la multa y sacara a los charritos, como les llamó.
Mientras los detenidos ingresaban por la puerta principal, un tipo que estaba esposado y sentado en una silla, en espera de registro, les gritó: ¡Echale, mi Chente! Otro arrestado, con las manos en la cabeza, y sangre en la nariz, se puso a cantar como el mismísimo Vicente Fernández: ¡Y volver, volver, voooolveeer…! ¡Ese mi charro de Huentitán!, le gritó alguien que no alcancé a distinguir.
Ingresé con ellos hasta el pasillo de los separos, donde un uniformado abría y cerraba la puerta de la reja, que no tenía candado, pues únicamente recibía a infractores que dejaban durmiendo una noche en chirona, para que meditacan en sus faltas. Alcance a decirles que en unos minutos los sacaría y que no se metieran en problemas. Filipo me echó una mirada de reproche, y aguanté la risa. ¿Cómo sería posible que estas criaturas armaran alboroto en un ambiente carcelario?
Mientras encerraban a los amigos fresas escuché que algún compañero de la jaula gritaba: ¡Para qué quiero la tumba, si ya me enterraste en vida!, haciendo pujidos de dolor, igualito que el Chente cuando se presentaba en los palenques.
Me presenté ante el juez para abogar por mis representados. El señor que calificaba las faltas, sabiendo que los detenidos eran pudientes, les aplicó la multa más alta por desorden y faltas al bando del policía y buen gobierno. En mi calidad de coorganizador de la serenata fallida cargaba con suficiente dinero de presupuesto, y pagué al contado.
Una hora después ya estábamos sobre el Audi en la calle. Todavía no era media noche, pero ya estaba cansado de la jornada. Steve me dejó en mi casa y se retiró con Filipo a reparar los daños que causaron, principalmente con las chicas. Antes que se retiraran, les dije que había rescatado la hielera con el tequila, que coloqué en la cajuela del auto.
Al día siguiente vi a Steve. Todavía apenado, me dijo que las chicas llegaron bien en sus casas, y los papás, más que regañarlas, se carcajearon de las ocurrencias de sus enamorados tontos.
Me hizo jurar que nunca escribiría sobre el incidente, pero yo no me comprometí a nada.
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