El patio de mi casa era el extinto Museo de Monterrey: la mayoría de las tardes de mi infancia las pasé ahí. Su parada de camiones fue mi punto de partida y llegada para la preparatoria, facultad y diversas salidas extracurriculares. En 1992 tomar un taxi era algo que se hacía sólo en emergencias y tener un coche significaba un lujo que ni siquiera podía dimensionar.

Bienal, decía el anuncio en la parada, con letras enormes y complementaba la información con esculturas, instalaciones, arte-objeto en letras diminutas. Me encantaba y me encanta la palabra Instalaciones, adoro el verbo instalar. Algo tienen los sonidos de esta palabra que atesoro como melódicos, gratos e inolvidables. A su significado le adhiero la modernidad de un cambio, hacer una mejora, rediseñar el contexto. Amo las instalaciones eléctricas e hidráulicas cuyo diseño no está exento de ser comparable con obras de arte; desconocía la diversidad semiótica, los diferentes contextos semánticos, y me intrigó muchísimo el qué pudiera estar haciendo una instalación en el museo.

Una tarde le robé tiempo al tiempo y fui a ver la exposición. Muy extraña. Completamente alejada de lo figurativo, los contrastes bicromáticos y las expresiones corporales en las fotografías de Mapplethorpe -exposición inmediata anterior. Llegué buscando eso y me encontré un enigma. Quería ser intelectual o al menos aparentarlo, así que puse cara de persona interesante, culta, mientras observaba cosas en aparente desorden, amontonadas en el piso y mi aprehensión neurótica quería tomar un recogedor y colocarlas en una bolsa de basura, donde, sin duda, era su lugar.

Ante el asombro de lo nuevo y en conjunto con la necesidad de adaptación y el instinto de supervivencia a tope, buscamos aquello conocido, aquello que nos hace sentir que no estamos tan lejos de casa. A la distancia vi una inmensa cuchara de peltre a escala humana, celeste, que combinaba perfecto con la taza donde cada mañana recibía mi dosis de valentía para afrontar la vida en 400 mililitros de café de olla. La artista, Claudia Fernández, era la creadora de tal instalación intitulada El alimento.

Todo todo todo era de peltre o aparentaba ser de peltre. Vasos, cazuelas, molcajetes, todo tipo de enseres domésticos, canasta de mimbrepeltre con forma de cisne, un globo terráqueo, la Venus de Milo, un burro de planchar, un metate, un andador,  y hasta el propio delantal que utilizaba la artista para trabajar. Todo su mundo empeltrado.

Quedé absorta frente a esta mirada peltrecéntrica. ¿Y si todo fuera de peltre? ¿Y si ha reducido las cosas a esa locura que se llama mínimo común múltiplo y que a veces es tan difícil de resolver? ¿Y si es un grito para pedir la igualdad en las cosas mínimas como ese minimundo de la cocina? ¿Y si a partir de lo doméstico se propicia la igualdad? ¿Será tan cotidiano vivir que todo nos parece hecho del mismo material? ¿Es tan insignificante lo que nos rodea? ¿Aspiramos a lo barato? ¿Se puede hacer arte a partir de objetos modestos? Sólo recuerdo algunas de las preguntas que asaltaron mi mente. Quisiera encontrar mi diario de ese año y ver lo que escribí. 

Al reflexionar acerca de esta obra de arte evoco el performance de 1975 Semiotics of the kitchen de Martha Rosler (USA, 1943) donde instalaba a la mujer como un objeto más en la cocina y alfabéticamente hacía una parodia de cada uno de los utensilios domésticos que tenían cabida en una cocina común para cuestionar tanto el papel de la mujer como de los objetos cotidianos y la producción de alimentos. Cuestionar desde lo doméstico para escalar y hacer preguntas de gran impacto social. En lo mínimo está el germen de lo universal.

Imagen de Semiotics of the kitchen, de Martha Rosler.

32 años después de ver esta obra asumo que Claudia Fernández fue una visionaria. Por alguna razón, el peltre, que otrora era muy barato, se ha puesto de moda, es lo más cool o in, diríamos los de mi generación, aestérik dirán los chamacos de ahora -aunque no te sepan explicar el significado de la palabra- y se ha vuelto objeto de lujo, de colección, lo que usábamos a diario en el tejabán. Hace tres décadas alguien tuvo la valentía de incluir el peltre en su propuesta o eran los recursos de los que disponía.

Quizá Claudia estaba consciente de la belleza de los patrones irrepetibles de cada pieza de peltre y al hacer la instalación lo hizo más patente. Instaló un punto de vista que obligó a su espectador a mirar más allá del objeto, para intentar desentrañar las raíces del concepto. Instalamos lo que necesitamos. Instalamos lo que es preciso cuestionar.