Lo que más lamento de haber crecido, es alejarme del suelo.
Decía Mixtli en Azteca: “Cuando uno es niño, todo es ver hacia adelante y arriba, cuando uno se hace viejo, todo es hacia atrás y abajo”.
La semana pasada eché una vuelta para un encargo, y para llegar al lugar tuve que ascender una cuesta de unos 20 metros por un terreno baldío. La hierba estaba crecida, pero no por el camino aplanado por pisadas. Horas antes había llovido y me llegó un recio olor de savia. Me detuve un momento y observé una cubierta de vegetación silvestre cubriendo toda la superficie.
Me agaché para verla de cerca y pude observar, como hace mucho no lo hacía, diminutas partículas de agua que aún recubrían las hojas pequeñas. Miré con atención el piso y, debajo de estas, había senderos de hormigas con una actividad furiosa e incesante, invisible para el caminante distraído.
He dejado de mirar el suelo. La contemplación de la tierra bajo mis pies se ha ido, por culpa del crecimiento maldito que, inevitablemente, me alejó de las maravillas diminutas y los ricos detalles de lo que ocurre allá abajo, donde crece, germina y anda lo que habita en el planeta.
A mis cuatro años, en el patio de mi casa, podía sentarme en cualquier lugar y escarbar la tierra. En ese tiempo no lo sabía, pero me maravillaba encontrar lombrices. Con un inocente impulso aniquilador las partía, para ver cómo seguían moviéndose sus partes. Tenía la vista limpia, incorrupta por los años y además, perfecta, a diferencia de ahora, necesitado de gafas con aumento del número tres.
En ese tiempo, podía fácilmente acuclillarme para seguir el paso de las hormigas. Era un espectáculo verlas, en el patio, cargar hojas enormes, haciendo equipo para llevar ramas e introducirlas en el agujero de la colonia. A veces desenterraba monitos que había perdido durante mucho tiempo.
Detectaba raíces diminutas extendiéndose bajo la superficie. Encontraba rocas pequeñas y perdía la noción de las épocas, al saber que tenían millones de años formadas.
Podía gatear en el campo a donde iba a jugar futbol para arrancar del piso árido agritos, como le llamábamos a esos tallos pequeños, de un par de centímetros de largo, que mordíamos para extraerles un delicioso líquido agridulce, que hacía la vez de golosina.

Cadereyta
Una tarde mi mamá me llevó de visita con una comadre, en Cadereyta. Anticipé aburrimiento total. Resignado acudí, y mientras las señoras charlaban yo, sin compañía, salía al patio. Era una casa de territorio rural. Había una jardinera delimitada por bloques y palos. Toda la tarde la dediqué a inspeccionarla.
Había un rosal alto por donde trepaban hormigas gordas, no sabía si para devorarlo o solo para deleitarse con algunos jugos de la corola. Había una plaga de chapulines grandes y pequeños. Toda la tierra estaba húmeda y me embriagaba con olor a campo y a naturaleza viva.
No me preocupaban las alimañas. Una vez, en casa de mi abuela, salió de la jardinera una coralillo, que ella aniquiló aplastándola con el palo de una resortera. Otra vez habíamos ido al Charco Azul y toda la gente salió en estampida al detectar una viborilla de agua. La mamá de un amigo sufrió la picadura de una viuda negra, removiendo botellas de refresco olvidadas en el patio, y estuvo enfebrecida en cama por tres días.
Nada eso me preocupaba durante la inspección a la jardinera. Era tan fácil agacharme y ver todo bajo mis pies. En un palo crecía una enredadera de hojas verdes que, luego me dijeron, era una planta de tomate, de esas que nunca maduran en casa. Levanté un block y debajo salió una araña gorda, Capulina, perdiéndose entre la hierba.
En el límite del jardín junto a una pileta, había una trampa de madera en forma de reja. Era el desagüe de la jardinera. Con un palo la levanté. Aún hoy siento escalofríos al recordar al enorme sapo encontrado ahí, el más grande que he visto en mi vida. Era amarillo, gordo, de gran papada, hinchado como alcancía. Me miraba con sus ojos inexpresivos. Me asusté y tal vez sentí el impulso de vomitar por la repulsión. Solté la tapa y suspendí la colección de novedades en el jardín de la comadre.
Ahora, cuando paso por lugares donde hay césped, procuro detenerme y con dificultad me agacho para verlo de cerca, y olfatear su aroma ya olvidado. Cuánto lamento haber perdido esa parte de mi ser, en familiaridad con la superficie pisada. Había mil encantamientos allá abajo, en cualquier sitio: el piso de la casa, una alfombra de la oficina, el pasto real y sintético donde juego futbol, los senderos del parque, el pavimento de la calle, las sucias banquetas.
Todo se ha ido, pues ahora requiero un esfuerzo para recuperar aquello a lo que podré acceder, debo hacer un gasto de energía que no estoy dispuesto a realizar seguido.
Pero eso sí: siempre tengo cuidado cuando veo una alcantarilla de desagüe. Procuro no abrirla, pues puedo encontrarme una desagradable sorpresa.
Nuestra comunidad