En aquel tiempo era novio de Yeni y fuimos invitados a una velada de parejas. Un matrimonio muy querido, con el que todavía tenemos contacto, nos convocó a una cena con anfitriones que tenían pocos meses de llegados a la ciudad. Llamaré Sheila y Connor a los esposos que nos recibirían.

Eran rubios y profesores de lenguas en una institución privada de la localidad. Habían pasado juntos estancias en Topeka, Portland, Montevideo, Milán, Seúl. Eran gente de mundo.

Querían ampliar su círculo de amistades en la ciudad, y nuestros amigos tuvieron la idea de convocarnos porque en aquel tiempo éramos periodistas y suponían que podíamos agregar interés a la reunión. Eso creían ellos y como nos gusta también conocer gente nueva, aceptamos gustosos.

Había mal clima esa noche, por lo que en el trayecto comenzó a llover. Estacioné el coche frente a la dirección referida, en medio de un tremendo aguacero, y como fuimos los primeros en llegar nos presentamos solos.

Tuve el buen tino de llegar con una botella de whiskey que el anfitrión recibió encantado, porque, nos dijo, todavía no había aprovisionado la cava y estaba aún escaso de reservas. De cualquier manera, empezamos la reunión con cerveza.

De inmediato nos identificamos. Los académicos eran personas muy agradables, con un recorrido por países que comentaban con casualidad y sin presunción, y un dominio de temas literarios que a nosotros también nos resultaban muy interesantes.

El segundo piso

Inesperadamente nos sobresaltó un sonido electrónico. El llanto de bebé se reprodujo muy claro desde un rincón de la sala. Sheila resorteó para coger un monitor de sonido que estaba en una repisa. Disculpándose, subió presurosa al segundo piso. Hasta entonces Connor nos dijo que tenían un hijo de poco más de un año de nacido.

Mickey ya se había dormido, pero había que volver a arrullarlo para que cayera de nuevo. Afortunadamente tenía el sueño pesado.

Seguimos hablando de libros, música, películas. Cinco minutos después bajó Sheila.

Yeni preguntó cómo estaba el pequeño Mickey. Fue como si activara play en el sistema de Sheila.

Explicó que el bebé era un ángel, de día y de noche, que no daba lata y que, contrario a lo que decían todas sus amigas mamás, éste no era inquieto, ni hacía travesuras. Era bien portado y atendía las ordenes.

Estábamos ante una familia feliz, con una pareja que se entendía muy bien, y con un bebé que había llegado a colmar de dicha el hogar.

Mickey era el tema favorito de los dos, porque poco después sacaron un álbum para mostrarnos fotos del paseo a la playa, recorridos por Chipinque, caminatas por el Obispado, postales con carriola en las Grutas de García. Se la estaban pasando tan bien, mientras nos hablaban del chiquitín, que me di cuenta que yo me sentía muy a gusto. El rostro de ella parecía un Sol de alegría mientras nos hablaba de su bebé al que ya había dejado de amamantar, según nos confío.

Connor aderezaba los comentarios, con algunas precisiones. La lata que tiró era de chícharos, no de duraznos. El perro que quería era un pequinés, no un cocker. Adoraba el Gerber de frutas.

También nos comentó que la maternidad era lo mejor del mundo y que le recomendaba a todas sus amigas que de inmediato se embarazaran, porque llevar una criatura en el vientre era la mejor sensación del universo. Aunque nos aclaró que los partos no son tan dulces, como la sensación de tener al bebé en brazos. Y dijo que con ella ocurrió lo que llamó el milagro del parto natural, y había durado horas.

Un viejo DVD

Nos explicó que se internó en el hospital maternal en la fecha programada, y hasta el día siguiente, luego de una labor extenuante, expulsó al mundo a Mickey. Connor contó, entre risas, que ella jamás maldecía, pero esa mañana, de la pura desesperación, le espetó dos o tres palabrotas al médico por el dolor enorme que sentía, para que apresurara el procedimiento, y por el miedo que le provocaba la labor.

Animada por los recuerdos, Sheila abrió un compartimento que teníamos enfrente. Hasta entones reparé que en la pared había un enorme televisor en un gabinete. La pantalla estaba rodeada por cajoneras y compuertas. De uno de los compartimentos sacó un DVD.

Inexplicablemente, comencé a sentirme incómodo. Noté que Yeni también se enderezaba en el sillón. Connor, en cambio, con entusiasmo conectó el reproductor del cedé, y maniobró detrás de los aparatos para ajustarlos.

Ella colocó el disco y mostró una videograbación evidentemente casera. Connor sostenía una cámara, frente a un espejo, reflejándose con el dispositivo en mano. Se veía vestido con su traje azul antiséptico, el conjunto conocido como pitufo.

Tras un corte, Sheila se veía sudorosa, con rostro de preocupación. Connor musitaba palabras de amor y de confianza.

La cámara dio un rápido giro y se enfocó en el momento en que el cirujano y una asistente maniobraban entre las piernas de la parturienta. Fue como un flashazo para mí. La estampa era de total seriedad clínica, aunque exhibía una situación y una perspectiva extremadamente íntima para extraños.

Lo que ocurría ahí era un milagro de la naturaleza, lo que efectivamente llamaban el milagro del parto natural, el momento culminante de la reproducción y un evento que confirmaba a la maternidad como un don divino, por la capacidad que dio Dios a la mujer de gestar un nuevo cuerpo y crear un alma. Pero la postal no dejaba de ser inquietante.

“Todas tenemos lo mismo”, dijo Sheila con sonrisa de beata, creo que para tranquilizarme, al ver mi turbación. El bebé asomaba la cabeza llena de pelos untados. “Qué lindo”, dijo Yeni pretendiendo ternura, aunque se escuchó fuera del lugar. Connor estaba fascinado, como si viera el video del parto por vez primera.

Dijo, riéndose, que no se desmayó de la impresión porque no quería distraer a los médicos en su trabajo tan delicado.

El pequeño Mickey, recubierto de grasa, emergió como de un túnel que lo comprimía. La imagen se cortó y sentí alivio.

El video del parto rompió el hielo

Finalmente, el anfitrión extrajo el DVD y lo guardó con cuidado. Tras apagar la tele y reacomodarnos, ellos estaban felices de recordar el momento, aunque yo me sentía un poco traumatizado por la imagen a todo color que vi del parto natural.

La lluvia bajó de intensidad. Regresamos a la charla de los libros, a las aulas, a los viajes.

Los invitados fueron llegando, como con una hora de retraso y se creó una buena reunión. Nosotros éramos la pareja más joven, pero nos adaptamos bien a las charlas que versaban sobre temas cultos, de gente mayor.

Ahora los académicos, que además de Mickey tienen otro hijo, viven en Vancouver. A lo largo de los años, cuando regresan a la ciudad, hemos coincidido en reuniones de amigos mutuos. Nos da mucho gusto saludarlos de nuevo. Pero nunca olvidaré aquella noche de lluvia en la que me mostraron con precisión, como clase de obstetricia, cómo un crío abre la puerta del vientre de su madre para llegar a este valle de lágrimas.