Mi madre inventaba múltiples apodos para nombrarme. Decido guardarme en nuestros secretos muchos de ellos y el olvido, ante la sobreproducción de Manuela, se llevará otros tantos. Me decía como le daba la gana y era muy ingeniosa para inventarlos, sobre todo si había alguna cosa que estuviera de moda.

En el verano me llamaba acocote y hoy sé que es una figura poética de la más elevada manufactura aunque a mis seis u ocho años no la comprendiese y por más que le preguntara, su respuesta era genial y siempre la misma Niña de ciudad, te falta rancho que traducida a los conceptos actuales podría funcionar como Niña fresa, te falta barrio.

Me decía acocote, porque invariablemente, cuando volvía de la calle, ya fuese de la primaria o de jugar toda la tarde con mis vecinos, llegaba y me prendía con fruición por varios minutos de la llave que estaba en la pila de la casa; al crecer, ya no me agachaba a tomar agua directo de la llave, la educación secuestra lo espontáneo y comencé a tomar agua en distinguidos y educados vasos de cristal que se compraban en el Autodescuento y que había que cuidar mucho, además conocí las servilletas de papel y tenía que limpiarme los labios antes de posarlos en el vaso y al desprenderlos, cuidar que ni una gota pasase a la barbilla. El apodo quedó en el olvido. A mí, el apelativo me parecía muy corriente y de mal gusto; me alegré mucho cuando pasó a formar parte del archivo muerto.

Muchos años después, frente al teclado de una computadora, el acocote Lorena Sanmillán había de recordar aquella tarde remota en que su madre la llevó a probar la jamaica. Parafraseo sin recato a García Márquez en lo que podría ser la línea inicial de una novela, ojalá tan consagrada como Cien años de soledad, y que hoy utilizo para subrayar la gran emoción que sentí cuando mi madre me dio a probar la jamaica.

Volví de la secundaria y sobre la mesa del comedor estaba una jarra de vidrio preciosa llena de un color rojo intenso como jamás había visto. En mi tejabán no había grandes cosas materiales por atesorar, y de pronto ver la jarra Culey en la mesa del comedor desbordó mi fantasía. ¡La jarra había venido a visitarnos! Le faltaban los hielos, pero en ese momento eso fue asunto mínimo. No podía ver el brillo de mis ojos, pero estoy segura que estaban refulgentes. Mamá salió de la cocina y se encaminó al comedor donde me encontró observando la jarra con la misma intensidad, dedicación y parsimonia que dediqué para admirar un Mondrian en el MoMA.

Es jamaica. Pruébala. ¿Jamaica? ¿Un país se toma? ¿Jamaica? ¿Ska, ska, ska, como dice la canción? ¿Jamaica, mamá? Sí siempreaica. ¿Ja-ma-i-ca? Sí, sordaica. A falta de vaso, Manuela sirvió líquido en la palma de su mano y en una sinestesia que sólo ella comprendía dijo Mira al tiempo que me la ofrecía. La palma de su mano olía lo mismo a jabón de tanto tallador, que a comino de tanto molcajete, sin embargo el sabor inigualable, seductor y rotundo de la jamaica se impuso. En mis pupilas se dibujó un quiero más y mamá fue por un vaso a la cocina. Inocente. Quizá para su tercer paso, yo ya estaba prendida de la jarra Culey. ¡Acocote! Manuela sacó del fondo de su arcón el apodo que estaba dormido desde hacía años en ese justo momento mientras la mitad del líquido de la jarra ya pertenecía a mi cuerpo. No escatimó en regaños acerca del compartir, pues el contenido de la jarra era para la comida de toda la familia.

Ahora ya sabía leer y fui a la enciclopedia para develar el misterio. Según la enciclopedia Monitor, un acocote es una calabaza larga agujereada por ambos extremos que se usa para extraer por succión el aguamiel del maguey. Pertenece a la familia de las cucurbitáceas. Esta última palabra me fascinó y aunque hoy es la primera vez que la utilizo en un texto no deja de intrigarme. Como toda adolescente ochentera que se respete, pasé esa tarde en la enciclopedia, investigando el cultivo de la jamaica, las regiones donde se produce; después salté de las cucurbitáceas a los magueyes y de ahí a ver cómo es que funcionaba el fenómeno físico de la capilaridad que permitía la extracción del líquido. Lo que más me intrigó fue ver las flores y cómo es que se podía sacar la esencia de ellas. Fui con mamá, que injertada en David Copperfield, dijo que era cuestión de magia.

La escena de la jarra Culey se repitió las veces que mi egoísmo lo permitió hasta que mamá compró una jarra especial para mí; modesta, de plástico: mía. La jarra del acocote, le escribimos con esterbrooks -los abuelitos de los hoy famosos sharpies. Cuando me mudé de casa, fue una de las cosas que más extrañaba. Cómprate la tuya, no seas rácana, ésa es de aquí. Otra visita a la enciclopedia para enterarme que era tacaña, avara.

Manuela era extraordinaria para preparar muchas cosas, entre ellas aguas frescas. Limonada, tamarindo, melón, avena, pepino, mango, papaya y, por supuesto, jamaica. Y cómo no, si cuando llegó pequeñita de El Salvador, Zacatecas, le consiguieron trabajo en una tienda y se encargaba de llenar los vitroleros de sabores inigualables. Veinte litros de felicidad que se agotaban en minutos bajo el calor canicular de Monterrey.

Una muchacha menudita, más por el poco alimento que por su complexión natural, su sonrisa inigualable, su estupendo sentido del humor, el manejo de la ironía y la simetría de los caireles que enmarcaban su rostro la volvía la chica más bonita y atractiva del barrio. Por las tardes, los trabajadores se congregaban en corro convocados por ella y los vitroleros. Así conoció a don Polo, que se convirtió en mi padre. Estoy segura que lo sedujo con el sortilegio de su agua de jamaica.

Y sí, mamá, en esta casa se prepara agua de jamaica con magia; como tú, nunca diré cómo la hago. Todo hay que decirlo: nunca me queda con el sabor que le dabas tú que sabías reposarla el tiempo justo y endulzarla lo preciso. A la mía siempre le falta algo. Sacio mi sed al beber de tu romance obviando los vasos; prendida de la jarra, mi alma evoca las partituras de la música de tu mirada, baila ska ska ska y me convierto en un acocote de nostalgia y felicidad.

Lorena Sanmillán