Volver a construir después de diez años implica adaptarse a los cambios tecnológicos, conseguir otra cuadrilla y no caer infartada al pagar los precios de los materiales. ¿En qué momento el cemento gris ha subido tanto? ¿Desde cuándo no se consigue piso de pasta? Gracias a los hipsters, los mosaicos retro se han vuelto inconseguibles e impagables. Enhorabuena por el block U que permite prescindir del armado en algunos cerramientos.

Lo primero que pensé al volver a desmontar un terreno fue en la inminente amenaza de subir de peso debido a los irresistibles tacos que mis albañiles llevarían y yo, arquitecta autoritaria pero buena onda, no podría ni querría negarme.
Es cierto -era cierto- rotundamente cierto, acaso un dogma, canon de Vitrubio, verdad irrefutable y hasta mandamiento bíblico en la Biblia no escrita de los constructores del templo del Rey Salomón que los tacos de albañil son -eran- lo más rico del mundo.
Cuando papá mandó construir en mi casa natal, le cambiábamos a don Justo sus tacos por la cotizada sopa de fideo de mi mamá. Los dichosos tacos venían envueltos en servilletas de papel, contenidos dentro de una bolsa de papel de estraza y la manteca que los barnizaba, para envidia de Pollock y Rothko, hacía un complejo dibujo abstracto sinestésico que provocaba salivar apenas la veíamos. Esa humilde bolsa contenía el bocado más delicioso del universo.

Hay cosas que deberían ser para siempre.
Hay tradiciones que no deberían romperse, pero la modernidad se impone.
El paso del tiempo se cierne sobre nosotros y habrá que hacer las adaptaciones precisas para caminar a su ritmo. Algunos de estos avances se llevan gran parte de la historia consigo, tristemente aquella historia que es capaz de construir un lenguaje para nombrar los objetos que la caracterizan.

Me refiero al calientalonches. Disfruto mucho las palabras compuestas: montacargas, sacapuntas, guardapolvo, pero sobre todo me fascinan las que tienen que ver con los usos y costumbres y nacen de forma espontánea al retratar el momento preciso en que se inventaron.
Calientalonches no precisa definición. Palabra moribunda, según el filólogo Alex Grijelmo (España, 1956).
Por la ventana Barragán que hoy hemos perfilado en este muro nuevo me asomo a mis recuerdos de la construcción. Poco antes de dar las doce, el peón más nuevo caminaba hacia el descampado para conseguir virutas y armar la fogatita que serviría para calentar la comida de todos; acomodaría tres pedazos de block y sobre ellos pondría la tapa de lámina de un tambo de 200 litros; mientras prende el fuego harían la coperacha e iría por los refrescos sonando los envases de vidrio uno contra otro en una partitura de felicidad que sólo él conocía. Al volver, iría al cuartito donde al empezar el turno se cambian y tomaba los lonches que sus compañeros han puesto sobre un bote de pintura vacío desde en la mañana. Apología de carbohidratos combinados con proteína para soportar la jornada.
La lámina ya está caliente. Será cuestión de un momento que los lonches estén listos. Los tacos abandonan la prisión de papel de estraza, son libres y dialogan con sus semejantes. Danzan boca arriba y boca abajo confundiéndose entre todos los demás sobre la lámina con restos de estuco, yeso y cemento. Huele a tortilla tostada, a manteca requemada, a chorizo de rancho, a asado de puerco chiloso. Se combina la comida de todos. Se hace un buffet de aromas, texturas, colores y sabores irresistibles. Un chiflido avisará cuando llegue el momento de la reunión. Sonrío enternecida al ver frente a mí la imagen de la vez que me ofrecieron un taco sobre la cuchara del zarpeo, para no agarrarla con la mano -querían ser higiénicos- o la vez que llenaron una carretilla con las tortillas recién calentadas.

La hora de la comida, la hora de la papa, el rancho, la botana, la fiesta alrededor del calientalonches era el momento de la chanza, el chiste, el espacio de conocernos más allá de la relación contractual. De pronto surgían las invitaciones a los XV años, bautizos y demás, me enteraba de los triunfos y fracasos de sus hijos, de los dramas con sus esposas y en algunas ocasiones -la verdad siempre se descubre- salía a flote la mentira de por qué no habían venido a trabajar en San Lunes, pues caían en contradicciones. La siesta después de la comida era mandatoria.
Alguien toca la puerta, es el presente que me hace volver de la nostalgia. Salgo a abrir. Regresa el pisero cargado de frituras y galletas; el plomero y su chalán deciden ir a comer a los tacos de barbacoa, el eléctrico trae tostadas y frijoles de lata, el herrero va por una sopa instantánea que calentará en el Súper 7, el carpintero carga sus barras de proteína y dice que está en dieta keto; Luis, el maestro de obra, calienta quesadillas en la parrilla eléctrica y es el único que me ofrece. Cada quien ha ido por su refresco o cargan su Yeti, cada uno toma su esquina, alejados de la convivencia, no saben ni sus nombres: todos se dicen May; platican poco o lo justo entre sí pues, modernos, traen puestos sus audífonos, la música ya no es para todos.
Ya no puedo culparlos de saberme las bromas de don Rulo o la Diva. Extraño la diversión capirotesca que significaba La Lupe donde escuchábamos a Chico Ché, Camilo Sesto y Freddy Mercury dentro del mismo bloque de programación. Observan sin cesar su celular. Ríen sin compartir el chiste, la anécdota. Silencio, solipsismo y soledad al comer, al trabajar. Alienación de la existencia frente a una pantalla. Construcción sin diálogo. Nula convivencia en lo inmediato.
Quizá exagero, quizá baste un botón de muestra para señalar que nos estamos perdiendo, que esto es preocupante, que el calientalonches no es tan insignificante. Que detrás de esta pérdida hay una más profunda y con muchas implicaciones sociológicas por investigar. Vivimos encerrados sobre nosotros mismos no sólo en la construcción sino en las salas de espera y hasta en las reuniones, cuando se hace un silencio y nadie sabe qué decir, prisioneros de la nueva novedad del celular. ¿Cómo estamos construyendo nuestro interior? ¿A dónde se ha ido el arte de conversar? ¿Se nos está olvidando convivir?

Quedan las preguntas en el aire. Mientras tanto guardaré como reliquia el calientalonches que dejaron mis albañiles cuando terminamos la remodelación de la casa que ahora habito -y que sirve para tapar el tambo de la basura- junto al sublime recuerdo del sabor del asado de puerco en los tacos del Alejo: eso o nada. La buena noticia es que no subiré de peso.
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