Uno de los primeros funerales a los que acudí fue al del tío Gaspar. Tendría yo unos cinco años y recuerdo en la Iglesia, entre evocaciones confusas a señoras con velos negros sobre la cabeza, a mi mamá vestida completamente de negro acomodando arreglos florales junto a mis tías.
Pero lo que más recuerdo de ese día es a mi primo Doroteo, más o menos de mi edad, con un llanto continuo por la muerte de su padre. Los gritos resonaban con ecos trágicos, en la enorme nave llena de motivos religiosos en las paredes que siempre me provocaron sobrecogimiento y temor.
Desde hacía un año, más o menos, no había visto al tío Gaspar, que era esposo de la prima de mi mamá. Por charlas entre las señoras supe que había muerto por efisema pulmonar, una enfermedad que -supe ese día- se había provocado él solo por el tabaquismo, un hábito al que nunca renunció y que lo llevó al hoyo.

En los últimos tiempos, el médico le ordenó que dejara de fumar, pero Gaspar, terco, se echaba al día una cajetilla de cigarros Raleigh súper largos. Tengo un motivo muy particular para recordar la marca de tabaco que poco a poco mató a mi tío.
La alberca
Gaspar estaría cerca de los 50 años. Era un tipo moreno y flaco, permanentemente sudoroso, que se liberaba el botón del pecho de la camisa. Llevaba un bigote bien recortado, que tenía una tonalidad permanentemente amarilla a causa de la nicotina.
En aquellos, años, inicio de los 70, era socialmente permitido el cigarro en público. El tío era realmente un adicto, porque permanentemente llevaba uno encajado en la base de los dedos índice y medio de la mano izquierda.
Cuando nos reuníamos en casa de algún pariente, aún adentro de la casa, andaba con su oloroso pitillo. Algunos señores de aquel tiempo fumaban cigarros Sport, de los baratos, o Winston, que eran de más categoría. Una tía le entraba a los Baronet. Los cigarros Raleigh, ordinarios, eran de los conocidos como de tabaco fuerte. Se decía que los mentolados eran para mujeres o para «afeminados».
Por eso llamaba la atención que Gaspar prefiriera los Raleigh extralargos, un verdadero reto para los nicotínicos compulsivos, como él, porque además de provocar un humo más denso, tenían mayor duración, lo que duplicaba el deleite y, también, el daño a las entrañas.
Una mañana de sábado, acudimos al rancho de otro tío, Teodoro, que había invitado a toda la familia ampliada a inaugurar la alberca que recién se había hecho construir. Recuerdo que sentí un poco de decepción porque la fosa estaba en obra gris, y era como una pileta para bañar a las vacas. Tenía algo de agua, que me llegaba hasta la cintura, así que estuvimos chapoteando y de cualquier forma los primos nos divertíamos.

A media tarde fuimos llamados a la comida. Los pollos y los bisteces estaban en su punto en el asador. Tiritando, salimos del agua y acudimos a la palapa donde estaban sentados los señores, tomando cerveza Carta Blanca quitapón. Mi mamá estaba en la tertulia tomando una Pep de uva, recuerdo bien.
Pasé a un lado de Gaspar, que me detuvo un momento, acariciándome los mechones mojados. Me preguntó de quién era hijo, me llamó Chanillo, y me abrazó de la cintura para retenerme a su lado. Los adultos hablaban del dólar, camiones de redilas, coches nuevos, divorcios, cuestiones aburridas. Gaspar intervenía mucho en la plática y se carcajeaba con fuerza.
Inesperadamente y sin soltarme, con una mano extrajo del pecho de su camisa una cajetilla de cigarros inusual, por grande y dorada, muy elegante, que tenía la imagen de del corsario sin Walter Raleigh. Sin liberarme, a un lado de mi carita, accionó el encendedor y le prendió fuego a uno. La aspirada inicial fue tremenda.
Percibí cómo sus pulmones se expandían como un fuelle, llenándose de humo, que luego liberó, echándome la mitad directamente en la nariz. Estiré la cabeza buscando aire fresco, mientras escuchaba voces indiferentes y confusas. Sin soltarme, Gaspar dio otra aspirada profunda. Echó algo de humo por la nariz y luego liberó su neblina tóxica, mientras la mano con el cigarro hacía gesticulaciones al expresar algo con voz pastosa y gutural.
Todo a mi alrededor ya era humo de tabaco. Movía mi cabeza tratando de respirar, pero el tío, sin darse tregua, ni dármela a mí, volvió a dar otra absorbida, igual de poderosa. La cabeza me daba vueltas y ni siquiera podía toser. Solo sentía el humo picante en la garganta. Exhaló mientras reía.
Gaspar no reparó en mi tormento. Solo se cansó de tenerme a su lado, me mesó los pelos y me liberó. Escapé de la atmósfera venenosa que me rodeaba, y fui a buscar comida y refresco.
No volví a acercarme al tío de los Raleigh súper largos en toda la tarde. Y después de despedimos no volví a verlo. Nos reencontramos en su funeral, pero ni de chiste me iba a asomar a la caja.
Con el paso de los años me di cuenta de que crecí con una aversión al cigarro. Si bien alguna vez fumé, nunca fui aficionado permanente a la fumada. Tal vez deba agradecérselo a Gaspar, por aquella tarde infausta en la que respiré aire mezclado con alquitrán, con repulsión tal que me liberó para siempre del tabaquismo.
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