Al principio, ordenar el espacio donde estaban mis libros era sencillo. Hace cuarenta años sólo tenía algunas obras de Balzac, Virginia y Lorca. Eran todo mi tesoro. No había gran cosa por acomodar. Entre regalos, préstamos y libros de segunda mano, con el tiempo llegaron Simone de Beauvoir, Radcliff Hall, Richard Bach, Nervo, Machado, Roffiel, E.M. Forster.
Mi presupuesto, aunque era escaso, me permitía sentirme millonaria al comprar varios ejemplares de Sepan cuántos… y entonces fue necesario colocar algunas repisas e imitar a Pepe “El Toro” para construir mis primeros libreros con madera reciclada de las tarimas que desechaba el taller que estaba a un lado de mi casa.
Cuando Saramago ganó el Nobel, empecé a comprar a los galardonados. Luego conocí los Premios Alfaguara y fui adquiriéndolos tan pronto lo anunciaban. Cada uno en sus repisas, sin problema alguno. A finales de los noventa compré la Colección Salvat de Grandes Novelas del Siglo XX, semana a semana en el puesto de periódicos; se me pasó el Tomo II de Los Miserables. Nunca lo he conseguido.

Paty Laurent, nuestra amada Giganta, llegó junto a David Toscana en el 2005 y se colocaron en el súper sitio de honor, cerca de Virginia. Bertha Alicia Cantú, Dulce María González, Joaquín Hurtado, Hugo Valdés y Pedro de Isla comenzaron a poblar lo referente a escritores de Nuevo León.
Debolsillo trajo grandes nuevos descubrimientos. Tusquets acarreó a Kundera. Berkana puso el tinte LGTB. Rosa Montero y Susana Guzner, de Plaza & Janés, también se hicieron espacio entre mi caprichoso acomodo. Anagrama trajo a Knausgärd, Chirbes, Perec y Calasso. Sexto Piso le dio la bienvenida a Gornik, Aura García-Junco, Margo Glantz. Salamandra arropó a Sandor Marai.
La Colección Cranford la acomodé en un librero espiga. Hice un librero blanco donde acomodé puras mujeres narradoras. Penguin colabora con Fernanda Melchor, Cristina Rivera Garza e Irene Vallejo.
La Editorial Universitaria y Conarte enriquecen mi acervo de entrañables escritores locales que van acomodados debajo de los libros pedagógicos y didácticos donde aprendo de gramática y lingüística.

Mis libros, míos de mí, van en una repisa de vidrio en el centro de mi estudio. Me acuerdo. Sí me acuerdo (UANL), el más reciente, hacia la derecha. Ahora, a mis 53 años, cada repisa de mis libreros equivale a 60 centímetros de angustia. No sé bien cómo acomodar los libros que tengo y los que llegan, si por editorial, tema, autor, temática, tamaño, grosor, premio, año, género, colección, edición, traducción.

Quizá en esta etapa de mi vida, además de ver cuál es el mejor acomodo, tal vez ya sea conveniente hacer una nueva repisa para esos libros que ya no alcanzaré a leer y en mi alma, mente y corazón, una repisa etérea para los que ya no alcanzaré a escribir.
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