Jacaranda es una palabra melodiosa, con vocales cerradas y fuertes, que en México no se puede pronunciar sin sonreír. Inténtalo. ¿Te diste cuenta? Lleva ventaja por la primera sílaba ja que generalmente utilizamos como onomatopeya de la risa, aunque ahora, no sé por qué, algunos jóvenes la escriben como ha ha ha; neurosis aparte, la palabra y el árbol al que hace referencia siempre me arrancan una sonrisa.
Nos regalan el milagro de sus flores una sola vez al año. En el hemisferio norte comienzan la floración a mediados de febrero y para la primavera son una algarabía morada sensacional. En el hemisferio sur son un portento de color en septiembre. Son monumentales. Sensacionales. Llegan a alcanzar treinta metros de altura y su madera es muy apreciada para ebanistería y laminados. Sus semillas se asemejan, ¡cómo no!, a unas castañuelas.

Hace algunos años, en un viaje a la Ciudad de México, a finales de febrero, tomé el Metro del aeropuerto hacia el Centro Histórico, donde me hospedaba.
Bajé en la estación Bellas Artes, la que tiene salida en la Alameda Central. Mis ojos cansados por el trayecto revivieron con la belleza orgánica de las jacarandas. Tuve que detenerme con la maleta a cuestas y respirar el irrepetible espectáculo que el universo ofrecía para mí. Alcé la mirada para deleitarme con las múltiples formas de sus ramas y forcé el cuello para observarlas por completo. Un regalo de la vida. También hube de prestar mis oídos al increíble suceso: en sus ramas anidaban diversas especies de pájaros que cantaban pletóricos de emoción, celebrando su existencia.
Prosaica como soy, detenida en el centro de la Alameda Central, en la mente me arrullé con la melodía de la canción Jacarandosa, en la versión del trío Los Tres Reyes. Me sublima cuando los sustantivos tienen el súper poder de convertirse en adjetivos, sustantivos adjetivados se llaman. En la canción, la mujer aparentemente tenía un dolor, pero el médico no encuentra qué, pasan las horas en el consultorio y el galeno determina que la mujer está jacarandosa, porque baila y la habita la euforia. A veces no sabemos cómo transitar con la felicidad.
Hay otra canción popular que habla de las jacarandas y se intitula así mismo: Jacaranda; nació de la romántica pluma del compositor Mario Molina Montes y le puso música el arreglista Enrique Fabregat.
Te quiero por bonita
y por tu cara extraña
te quiero por tus ojos
de jacaranda en flor.
Te quiero tiernamente
desde la noche aquella
que me hicieron tus labios
conocer el amor.
Mario Molina Montes
Conocía sólo la versión del trío Los Tres Ases, pero el maestro Genaro Saúl Reyes, enciclopedia viviente, tuvo la generosidad de compartirme la versión del Trío Los Santos. Impecable el requinto. Sublime el juego de voces. Genial, como acostumbra, nuestro Genaro Saúl, abundó en su comentario con una anécdota deliciosa: “…cuenta la leyenda popular que esa canción fue escrita para Elizabeth Taylor, por el color de sus ojos…”. Gracias, maestro Genaro.
En el ámbito académico, el maestro Tomás Segovia (1927-2011) nos deleitó con un poema hermosísimo acerca de las jacarandas en el Encuentro de Escritores en Cintermex, pocos días antes de su muerte.
Jacarandas
Las dulces jacarandas se quedan en lo suyo
todos son verdes y ellas no
nadie les quitará de la cabeza
que hay mil maneras de ser árbol
mil maneras de ser lo mismo
de otra manera
que se puede ser verde siendo azul
tener flores por hojas
tener por copa un fresco resplandor
ser dichosas aparte y a su modo
bien seguras están de que hacen bien
que nos da gusto que así sean
que no por eso las queremos menos
que siempre nos ha sido necesario
que haya otra cosa.
Tomás Segovia (1927 – 2011)
En Monterrey de nuevo es primavera y es maravilloso observar las jacarandas en Fundidora, en el Cerro de la Silla, en la colonia Obispado; sus raíces levantan las banquetas. Celebro transitar por su alfombra morada y mi niña interior vuelve a ser muy feliz. Cada que veo una jacaranda, pienso en ti, Manuela, en mis tardes de infancia.
En el centro de mi casa natal había una jacaranda que resistió el huracán Beulah en 1967, pero no la nevada de 1983, cuando la helada la quemó, como sucedió también con la de la abuela de Arturo, mi amigo arquitecto. Tal vez sea un duelo que muchos contemporáneos compartimos.
Nuestra jacaranda era altísima, hermosa, pero como todas las cosas hermosas, demandaba trabajo: había que barrer el patio por todas las flores que desprendía y, constantemente me resbalaba al pisarlas. Sus flores son muy peculiares, no sólo por su color, sino también por su forma.

Por las tardes, mamá lavaba la ropa y yo jugaba bajo la sombra de la jacaranda. Sabías cómo entretenerme, Manuela. Decías que las flores que caían el piso se te figuraban monjas, con su túnica de religiosas; la tarde que más recuerdo es cuando abandonaste el tallador y te sentaste conmigo en el suelo a acomodarlas en fila. Decías que sus pétalos eran su falda y que tenían cabeza: había que pararlas. Batallábamos para tenerlas en pie, pues son muy frágiles, pero compartíamos las risas.
No sé dónde escuchaste ni cómo te aprendiste el poema El seminarista de los ojos negros de Miguel Ramos Carrión (1848-1915) y lo declamabas en tu versión libre mientras acomodábamos las flores en el piso. Escuchaba la historia y me enamoraba de ti, de la ternura de tu voz, de tu poesía:
Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
(…)
una salmantina de rubios cabellos
y ojos que parecen pedazos de cielo
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo
(…)
pero no ve a todos
ve a sólo uno de ellos
su seminarista de los ojos negros.
La musicalidad del poema me atrapaba, pero sobre todo tú, contándome una historia, de tus labios brotaban palabras que me hacían soñar. Con las flores de la jacaranda hacíamos filas, largas, largas, formábamos una ese, un círculo o una u, las acomodábamos en grupo, como si fueran comadres que chismorreaban. Si se caían, volvíamos a levantarlas. Reías y, para mí, tu sonrisa era más hermosa que todas las flores de todas de todas las jacarandas de todo el mundo.
¡Bienvenidas, jacarandas! ¡Hagan florecer la primavera! Las jacarandas jubilosas sonríen. Vuélvete jacaranda.
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