Jasón fue uno de los muchachos más valientes que conocí en mi juventud. No lo sabíamos entonces, pero se adelantó a su tiempo y contribuyó, sin proponérselo, a impulsar libertades de las que ahora goza todo el mundo.

Era mediados de los ochenta, en la época de la Prepa 8. Jasón era de mi generación, pero estaba en otro grupo y se reunía con su propia banda en la cafetería. A veces coincidíamos en mesas del desayuno o jugando futbol, y nos saludábamos bien. Entre nosotros él destacaba con el manejo del balón, pues era fornido y metía la pierna fuerte.

Le decíamos el Tabique, porque era pequeño y recio para jugar, garantía en la contención. Fuera de la cancha Jasón era risueño y amistoso, más bien tímido, y a todos nos caía bien.

Esa camisa

En ese tiempo sudábamos energía y hormonas, y el futbol nos volvía locos. Nuestro delirio era patear la pelota a todas horas. Y cuando no estábamos en la cancha charlábamos interminablemente de Tigres y Rayados, y del Mundial de México 86 que se aproximaba.

No sé quién fue el de la idea, pero se organizó un partido de futbol entre los compañeros de la generación. Sería al siguiente sábado en la mañana, en las canchas de la Ciudad de los Niños, que estaban al cruzar la calle por la parte de atrás de la Prepa. Éramos bastantes, así que fácilmente se podían armar dos equipos de once jugadores. Si no nos completábamos, siempre podíamos convocar a cualquier jugador que anduviera por ahí para que emparejara las alineaciones.

Fuimos llegando poco antes de las once de esa mañana, listos para el interescuadras. Se había juntado ya una buena cantidad de compañeros y mientras esperábamos, estábamos pateando la pelota para calentar. Y apareció Jasón.

Traía una playera rosa, sin mangas, con abertura de los lados hasta la cintura. El corto era blanco. Una liga le recogía por la nuca el cabello largo. En esos años, el rosa era un color proscrito para los varones. Ninguno de nosotros se atrevía a usar ese color, porque estábamos expuestos a ser acusado de jotería, putismo, mariconería.

Jasón lo sabía, pero dio el paso al frente. Se aproximó lentamente, casi arrastrando los pies, y en solitario. En cualquier otra circunstancia hubiera llegado echando bulla, pero en esa ocasión su andar era silencioso y expectante. Creo que sabía el impacto que provocaría su apariencia, principalmente por el color de la camisa y la coleta del cabello que, también, lo exponía a acusaciones, mofas y señalamientos.

Sabía El Tabique el efecto que había provocado en todos, que también aguardamos callados que completara los últimos pasos para saludarnos de mano. Nos dimos cuenta de una forma incomprensible pero precisa, que Jasón no solo estaba siendo atrevido en su apariencia. No era que quisiera vestirse diferente para desafiar las convenciones. Su atuendo era una declaratoria. En ese momento, ante nosotros, estaba saliendo del clóset, declarándose homosexual. Creo que por eso nadie hizo bromas de la camisa.

Pateando la pelota

Pasados los segundos de desconcierto y los saludos, continuamos las conversaciones y los chistes. Terminaron de juntarse los convocados e hicimos un lindo partido de dos tiempos de solo veinte minutos porque el hígado no dio para más. Muchos compañeros ya eran fumadores y tomadores, y carecían de condición física.

No recuerdo el marcador, porque el partido no fue serio, fue una cáscara muy botanera, en la que la mitad de los jugadores no sabían patear la pelota. Algunos pocos sí jugábamos en equipos establecidos y más o menos la tocábamos, pero el resultado fue de mucha diversión y un encuentro que hasta ahora recordamos.

Cuando ya bofeados, acordamos parar, el Tabique fue de los primeros en retirarse. Se excusó y sin más, se retiró. El que se quedó fue Fico, uno de sus amigos más cercanos. Mientras nos refrescábamos haciendo fila en la única toma de agua a un kilómetro a la redonda, que estaba a un lado de la cancha, Fico nos explicó que desde meses atrás su círculo más cercano sabía que se había declarado gay. En su casa ya sabían y lo habían aceptado, pero no sabía cómo darlo a conocer al mundo, a la raza.

Contó Fico que él mismo se sorprendió al verlo llegar con su playera obvia, y entendió que había elegido esa ocasión para salir del closet. Nos felicitó por no haberlo motejado, y por permitirle una apertura serena ante todos los presentes, que también eran sus más cercanos y con los que más convivía.

Ese fin de semana, en todos los barrios donde Jasón convivía, se supo de la camisa rosa.

Actitud

El lunes llegó a la Prepa como si nada. Lo saludamos normal y la vida transcurrió. Pero poco a poco comenzó su transformación, principalmente en actitud. Un día llegó a la Prepa con la uña del meñique pintada de negro. Después lo vi reunido en otros grupos, diferentes al nuestro, pero riéndose a carcajadas, como no lo había visto. Entendí que se había liberado, que haberse expuesto le había dado tranquilidad y lo hacía sentir más ligero.

Como pasa con frecuencia en las historias de vida, Jasón cambió de aires. No se inscribió en el siguiente semestre y dejó los equipos en los que jugaba en la liga local. Eventualmente lo veíamos en las reuniones de amigos, pero cada vez con menos frecuencia, porque se había mudado con la familia a otra colonia y un día dejé de verlo.

Aún ahora, en reuniones de compañeros de aquel tiempo, lo recordamos. Pero a diferencia de las burlas que hacíamos de otros compañeros a los que tildábamos de afeminados, a Jasón lo recordamos con respeto, casi con reverencia, por haber salido del clóset con un timing perfecto.

Después de ese día nos tratábamos igual y en lo personal me dio gusto de que no hubiera cambiado sus modos, pues seguía siendo el mismo tipo varonil que conocí.

Creo que ahora le hubiera sido mucho más fácil salir del closet. Espero que haya sido inspiración para otros que, en aquellos años de escasa tolerancia, vivían oprimidos en su secreto.