Era un niño de primaria cuando me enteré de la existencia de Mario Vargas Llosa, mediante una nota del periódico. Hablaba, en entrevista, de su novela Pantaleón y las Visitadoras, título enigmático para mí. No sé por qué, la imaginé como la historia de un señor así llamado, encontrándose con espíritus de mujeres que lo visitaban.

Años después, lo volví a encontrar en mi libro de Español de secundaria, en una foto en blanco y negro, mencionado como un destacado escritor latinoamericano. A su lado estaban los rostros de Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez.

Recuerdo que su imagen me impactó. Me preguntaba qué había hecho ese señor peruano, a sus poco más de cuarenta años, para estar en un libro escolar mexicano. Más me llamó la atención su mirada inteligente, esa que mantuvo encendida hasta las últimas gráficas que le tomaron a sus 89 años, poco antes de su muerte el pasado 13 de abril.

En la preparatoria, cuando me entregué al vicio de la lectura, supe que necesitaba conocer al famoso Vargas Llosa, en todos lados mencionado como un pensador brillante y un escritor excepcional. Leí el libro de relatos Los jefes y los cachorros. Inicialmente, batallé para entender sus intenciones. No son sus mejores narraciones, y se les da valor ahora solo como antecedente.

Perros, escribidores y visitadoras

Tiempo después, cayó en mis manos La ciudad y los perros, uno de los libros que ha marcado mi vida. Al leerlo, yo era un muchacho con inquietudes literarias, igual que el cadete Alberto Fernández, El Poeta, protagonista de la novela. Me hacía ilusión parecerme, aunque fuera un poco, a ese chico atormentado, que escribía en secreto sus inventos adolescentes.

El gran personaje de la novela es de El Jaguar, el compañero indomable y salvaje, que impone sus propios códigos morales y de honor, basados en la lealtad y en la violencia sucedánea para los delatores.

El libro es un relato juvenil poderoso y riquísimo en la descripción de los personajes. Además, la anécdota es irresistible: en el colegio militar se descubre el robo de un examen que será aplicado.

La investigación de los directores pone a prueba a todos los chicos, sintiéndose obligados a mantener la discreción, para cubrir a los compañeros, pero también para agradar a El Jaguar, que detesta con rabia a los soplones.

Vargas Llosa entendió muy bien los temores y las inseguridades de la juventud, que también eran míos. Criticaba los sistemas tradicionales de formar a los chicos como hombres, en base a los golpes, pero también premiaba la solidaridad.

Debía leer el resto de su obra. Seguí con La tía Julia y el escribidor. Atrapé el libro en el tiempo en que me desplazaba en el transporte público. Entonces leía hasta caminando, por la banqueta, o de pie cuando iba en el camión. Recuerdo muy bien a los pasajeros mirándome extrañados, al carcajearme. Nunca me ha vuelto a pasar con algún otro libro.

Me provocaron sonrisas y risotadas internas los textos de Ibargüengoitia y Benedetti, pero nada me había alterado tanto, hasta la risa abierta, como las aventuras de Varguitas y los radioteatros tremendos de Pedro Camacho.

De ahí pasé a Pantaléon y las Visitadoras. Finalmente supe de su contenido e, igual, me la pasé entre carcajadas. Es el libro de estilo más complejo de Vargas Llosa. Es la historia del soldado Pantaleón Pantoja y su caravana de prostitutas, recorriendo la amazonía peruana para satisfacer las urgencias carnales de las tropas.

La novela demanda muchísima paciencia y una complicidad total, para entender su desarrollo con saltos en tiempo y espacio de un párrafo a otro, con personajes que se hablan en un lugar y son contestados por otros, en otro lugar y día diferentes. Una genialidad, conocida como la técnica de los vasos comunicantes.

Y así, continué con la exploración deliciosa de la obra de quien se había convertido en mi referente cultural más admirado.

El pensador

Desde chavo, Vargas Llosa se convirtió en mi guía intelectual. Asumía sus declaraciones como pensamientos propios. Me impresionaba su devoción por las letras y su determinación abierta y orgullosa de su oficio. Siempre sentí celos por su disposición a llamarse escritor. Si bien con el tiempo también escribí novelas y libros de diversa índole, nunca me he podido declarar escritor, como él, pues yo he dividido mi tiempo en la literatura y el periodismo. Escribir sobre noticias me ayudó a proveerme sustento que me permitió elaborar textos, como accesorio, de mis inquietudes personales.

Publiqué mi primera novela a los 37 y Vargas Llosa declaró alguna vez que en sus primeros años pasó estrecheces, ganándose la vida con el oficio de las letras. Fue hasta después de los 40, dijo, que ya pudo obtener dividendos de sus creaciones. En mi caso, me hice cuarentón y cincuentón y el talento no me dio para dedicarme por entero al negocio de los libros publicados. Pero la lucha se hace.

De cualquier manera, Varguitas era el faro de mis pensamientos. Leía con inmenso placer cualquier apunte suyo de opinión sobre política, cultura, actualidad. Seguía con atención sus entrevistas en televisión o en medios electrónicos. Admiraba la manera tan clara de expresarse y su desparpajo para retar a líderes mundiales y políticos. Era provocador y a veces me resultaban chocantes sus posturas políticas, pero aplaudía su osadía, a veces temeraria.

Mario Vargas Llosa se reunión en el 2000 con el entonces candidato a la Presidencia de México, Vicente Fox Quesada. Foto: El Economista.

No me gustó su respaldo al gobierno panista de Vicente Fox en México, o su repudio a López Obrador, tildándolo de líder populista. Me gustaban, por otro lado, sus pronunciamientos atronadores contra las dictaduras de centro y Sudamérica.

Me maravillaba su cruzada contra Alberto Fujimori en Perú. Nunca he visto insultos ni degradaciones tan elegantes como las de don Mario, cuando tildaba de cleptómano al Chino Fujimori y su régimen espurio. Suponía que sus injurias eran tan refinadas que hasta podían convertirse en halagos. Sin embargo, años después -en 2021- Mario Vargas Llosa pidió a Perú que votara por Keiko Fujimori por considerarla «el mal menor» frente al entonces candidato Pedro Castillo.

Encuentros

Cada vez que venía a Monterrey estaba yo ahí para escucharlo e idolatrarlo en silencio. Cuando se presentó en el Auditorio Luis Elizondo, con motivo de la presentación de Los cuadernos de don Rigoberto, distribuyeron entre el público papeletas para hacerle preguntas. Fui como periodista, pero metí mi cuchara como fan. Leyeron la mía: ¿Por qué todos sus personajes cómicos son extremadamente formales: Pedro Camacho, Lituma, don Rigoberto? Al responder, para mi sorpresa, dijo que no se había dado cuenta de ese detalle y comentó que quizás se debiera a que la formalidad tiene un toque de comedia.

Al final su conferencia fui a que me autografiara mi libro. Le dije que lo admiraba y que algún día quería ser como él. “Qué amable, mi amigo, muchas gracias”, me respondió y le di la mano. Mario Palacios me hizo el favor de tomar la foto del momento, que conservo como un tesoro.

Años después, Vargas Llosa regresó al mismo escenario para presentar La fiesta del chivo. Tras bambalinas lo abordé para hacerle una precisión sobre su libro. Muy atento me miró con sus ojazos inteligentes, mientras le señalaba que en el libro se había escrito erróneamente el nombre del actor mexicano Carlos López Moctezuma, llamándolo Pedro. Hizo un gesto de impotencia:

“Ni me lo recuerde, mi amigo, hasta que tuve el libro entre manos me di cuenta. Ni yo ni ninguno de los editores se percató el error, pero ya en la siguiente edición seguro corregimos”.

Y sí, todas las ediciones posteriores traen la precisión.

Show

Festiné su Premio Nobel en 2010. También era mío, pues triunfaba en la escena internacional aquel a quien yo había seguido por el sendero intelectual, depositario de mi confianza absoluta en reflexiones de los asuntos globales. La Academia Sueca coronaba toda una vida dedicada, como nadie, a la ficción y a las letras.

Lamenté, en contraste, sus desvaríos seniles en el enredo sentimental con Isabel Preysler. Él, que tanto había detestado el espectáculo banal y la exhibición gratuita, se convirtió en aquello que repudiaba y motejaba con acrimonia. Fue penoso verlo enfrentando a la prensa, en tiempos de covid, para hablar de su relación con la bella e insulsa filipina. Jamás lo hubiera imaginado escapando de los paparazzi.

Dolieron sus portadas en revistas del corazón, las declaraciones tan frívolas sobre el amor y el renacimiento de la pasión. Me sentí personalmente traicionado, pues se estaba convirtiendo en un figurín de tabloides, desdibujando su imagen de paladín del pensamiento. Terminé riéndome de sus desvaríos, al suponer que él mismo se los reprocharía si se diera cuenta del papelón público que hacía.

Me tranquilizaba leerlo y escucharlo en conferencias y ferias literarias. Se refería con fervor a temas de política y literatura, de los que, afortunadamente, nunca se distanció. Mi fe en él se fortalecía cuando asumía con seriedad su lugar en la escena pública, en contraste con la andanada de estiércol en la que se mencionaba su nombre envuelto en romance cursi.

Me entristecí el domingo de su fallecimiento. Pero al repasar su trayectoria, encontré que Jorge Mario Pedro Vargas Llosa había vivido como muy pocos: a plenitud. Siento tremenda envidia cuando repaso los encuentros de bohemia que tuvo junto a las grandes figuras de la literatura como García Márquez, Borges, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, Octavio Paz, Milán Kundera. Ah, qué no hubiera dado por haber estado presente en alguna de sus francachelas, en sus viajes en tren, en las veladas literarias, en esas borracheras entre los mejores exponentes de la literatura.

De cualquier manera, le doy las gracias. Me hizo meterme en la fantasía de sus aventuras escritas, reales y pensadas. Repasando sus apuntes biográficos y admirándolo, siento que obró sobre mí su hechizo como relator, para ponerme a su lado en cada una de sus aventuras intelectuales, que lo convirtieron en un dios de las letras.