“En lo más profundo del invierno aprendí al fin
que había en mí un invencible verano”
Albert Camus
Domingo 23 de agosto de 2026. 20:07. Auditorio Luis Elizondo. Tec de Monterrey. 36º a la sombra. Es la tercera llamada de una obra muy esperada y una furtiva lágrima se abre paso por mis mejillas; en homenaje espontáneo a la protagonista digo en voz baja Ol-vi-dé-tra-er-los-Klee-nex. Acudimos a la segunda función del monólogo “El invencible verano de Liliana” basado en el libro homónimo de Cristina Rivera Garza (Tamaulipas, 1964) en la voz y presencia actoral de la primera actriz Cecilia Suárez (Tamaulipas, 1971). Se apaga la luz y se abre el telón emotivo. Más lágrimas.

Su estreno en Latinoamérica el pasado 20 de agosto como función inaugural del XXV Festival de Teatro de Nuevo León, organizado por Conarte y la Secretaría de Cultura de Nuevo León ha sido un suceso; los boletos para el estreno se agotaron en cuestión de un par de horas.
La fila, de más de 300 metros, bajo el sol de Alfonso Reyes, rodeaba el Teatro de la ciudad y alcanzaba a llegar a la Fuente de Neptuno. ¿Nos convoca un feminicidio a ir al teatro? Sí; vivimos esa paradoja: nos convoca un feminicidio a ir al teatro. Que no se vuelva paradigma.
La belleza macabra de esta obra narrativa nunca debió escribirse. Liliana debía estar acudiendo al teatro, que probablemente habría diseñado al graduarse como arquitecta, con Ana Ocadiz, Manolo, o su hermana a ver algunas comedias en las que ha participado Suárez -quizá Popcorn-. ¡Cuánto hubieran reído Cristina y Liliana juntas! Eso ya no podremos verlo; no en este universo.
Presenciamos un monólogo adaptado por Amaranta Osorio (México, 1978) y dirigido por Juan Carlos Fisher (Perú, 1981). En la puesta en escena se reconstruye la vida, los diarios, los sueños, la sensibilidad, el humor y la memoria de Liliana Rivera Garza, asesinada en julio 16 de 1990. La escenografía, minimalista y orgullo de Mies van der Rohe, se compone por la representación de las cajas de archivo -o de jabón Mariposa- que dieron origen de la novela híbrida, testimonial, autobiográfica, fragmentaria y de denuncia de la mayor de las hermanas Rivera Garza. Cajas que narran la existencia, cajas llenas de emotividad, cajas pletóricas de palabras, cajas henchidas de evidencias, cajas cargadas de significados y que son testimonio de la existencia, aparentes cajas de cartón que se metaforizan en archivos emocionales y significados personales, pero sobre todo pruebas fehacientes de la ausencia y la dolorosa injusticia cometida contra una mujer joven, una hermana muy querida, una hija y una estudiante de arquitectura ejemplar.

Sobre las cajas, sobre las palabras, sobre la historia, Suárez, vestida con una falda larga y una camisola a la usanza ochentera, camina sobre unos Converse y toma asiento en cada una de las esquinas donde modulará su voz, ajustará su escala de matices, pulirá sus gestos y dará vida con la maestría de la tesitura de sus cuerdas vocales a cada una de las personas involucradas en la historia; nosotros, el público, incluidos en este juego coral que habla de la violencia, de la injusticia y del amor de una hermana escritora que frente a estas cajas, y ante la imposibilidad de nadar, dispuso escribir esta novela que le ha merecido el Premio Pulitzer 2024.
En los costados de las cajas se proyectarán los nombres de los personajes: Ana, Laura, Manolo, Padre, Madre, Emilio, Cristina. Quedan sin identificación los vigilantes, burócratas y estorbos anónimos que no han hecho más que aquello para lo que están súper capacitados: nada. Suárez impone una modulación especial cuando encarna el papel de Cristina hermana y lo cambia a neutro cuando es Cristina narradora. Escoge un color distinto para las citas de Snyder (USA, 1986). El culmen de su interpretación es el silencio que interpela al público en los momentos más representativos, sobre todo aquél antes de darle sepultura a los restos de una chica que fue estrangulada cuando intentó poner límites a una relación romántica que la aprisionaba.

La iluminación acentúa el drama. Un reflector directo sigue a la voz que habla. El rostro de Cecilia es un catálogo de emociones que no tiene freno una vez que comienza la función. Un reflector de lado proyecta la sombra que magnifica el efecto sobre las paredes del recinto.
La tenue luz sobre las cajas provoca el efecto de verlas flotar. Como banda sonora sólo precisa distintos efectos auditivos, sonido incidental, y el final, por supuesto, no podía sentirse igual sin “Lucha de gigantes” (Nacha Pop, 1987) de fondo.
Como sucede en el libro, acompañaremos el proceso de reapertura del expediente, el fastidio de los burócratas, la recreación de la infancia y juventud de Liliana, sus ansias de ser, sus poemas, conocer a Ángel, sus amigos y las relaciones con ellos, sus cartas, diarios, canciones.
A través de sus amigos y de las pistas documentales que dejó en las cajas iremos junto a ella hasta el momento en que dejó de respirar bajo las manos de alguien que ebrio de impunidad le arrebató la vida
.
El público es en su mayoría joven. Identifican a Cecilia por su actuación en La casa de las flores (2018) y su icónica frase entafilada “Ol-vi-dé-can-ce-lar-el-ma-ria-chi”; quizá aún no descubren su frase premonitoria en la película Sexo, pudor y lágrimas (1999) donde joven, rebelde y contestataria salía gritando en un balcón,“¡Son unos cerdos!”, refiriéndose a los hombres. Ahora nos enfrentamos a una Cecilia madura, rebelde y activista que le dará voz a todo un libro, pero sobre todo a Liliana y a todas las que ya no tienen voz, acusando a su asesino, pronunciando su nombre con la voz dramática como berbiquí de la conciencia. Sí, Ángel: eres un cerdo. La tamaulipeca es la primera artista de habla hispana en ser nominada en los Premios Emmy Internacional como Mejor actriz por su trabajo en la serie Capadocia.
Los recursos narrativos de Rivera Garza son un exquisito recubrimiento de estética sobre letras que nunca debieron escribirse: saltos temporales, diversos registros, anáforas, preguntas retóricas, párrafos ensayísticos, denuncia desgarradora, testimonios íntimos, citas textuales, estadísticas, cuestionamientos que aún hoy, treinta y seis años después del asesinato, permanecen actuales y pertinentes.

Los fragmentos seleccionados de la obra y la forma en que han sido concatenados, tanto por los diseñadores de la puesta en escena como por la misma Cristina al escribir la novela cobran una fuerza tridimensional cuando los vemos en el teatro. Cristina, Liliana y Cecilia captan al completo nuestra atención hayas leído el libro o no.
Sucede una metáfora visual bellísima: sobre el escenario se proyectan las palabras y al rodear las cajas dan sustento al prodigio escénico. El texto engloba todo cuanto sostiene. Primero fueron las palabras y siguen siendo las palabras. Esas palabras que Ángel no supo entender: NO es NO. YA NO es YA NO. Lo que no podemos nombrar no lo podemos enfrentar; vale recordar que hace 36 años no existía la palabra feminicidio y ahora que existe aún no podemos solucionarlo.

Manolo la descubre inerte y su visión, en voz de una soberbia Cecilia nos cae encima a todos. La cobija de Liliana calcina la conciencia. Liliana está muerta; así dice la inocencia de un niño y así se enteran y deshacen los padres. SI-LEN-CIO-.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Sólo se alcanzan a escuchar los sollozos propios y ajenos tal como había leído un día antes en un post de Facebook de Carolina Olguín, escritora e investigadora regiomontana, que retrata el llanto ahogado del auditorio:
“[…] Pero sí diré que salí con un nudo en la garganta, a pesar de ya conocer la novela de Cristina Rivera Garza. Me he quedado pensando varios días en el efecto que la obra tuvo en mi compañero desconocido de la butaca a mi lado: un hombre que se removía en su asiento, se intentaba calmar pero luego algo susurraba a su novia al otro lado de su butaca, se callaba, se podía escuchar su respiración, algo gutural que le acontecía, su inquietarse, su estar siendo atravesado (quizás incómoda o prodigiosamente) por la representación teatral.[…]»
Cristina-narradora se cuestiona en la voz de Suárez “Quizá debí haber escrito este libro antes”. Abrazo a Cristina-hermana a través de la distancia para decirle que las cosas han sucedido a su tiempo y que el libro salió en el momento justo para que alguien le escribiera y le diera pistas sobre el paradero, y quizá final, del asesino de su hermana.
La novela y la obra terminan con una línea poderosa y entrañable. “Quiero volver a encontrarla en el agua. Quiero nadar, como siempre lo hice, al lado de mi hermana” y se escucha de fondo Lucha de gigantes, la canción favorita de Liliana. Sí, estamos en una lucha permanente contra el gigante de la indiferencia, de la violencia, de la apatía. Somos fantasmas corriendo con una bestia detrás y en este mundo descomunal sentimos nuestra fragilidad.

La ovación es atronadora. Cinco minutos de aplausos de pie para 90 minutos de actuación deslumbrante. Suárez vuelve dos veces al escenario. Agradece la ovación y desde la humildad de 35 años años de una sólida carrera entiende que el momento es de la ausente y agradece en solemne silencio. No es sencillo hacer ese papel ¿Cuánto desgaste representará para ella? ¿Qué siente Cristina en este momento? No perdamos de vista que el monólogo no habla sólo de un personaje literario. Es la historia de una hermana escritora que decide novelar el feminicidio de su hermana. Su única hermana.
Como cita Cristina después del funeral: “No nos queremos ir”. Aplaudimos compartiendo la energía, los cuestionamientos, la búsqueda de justicia para todas y sintiendo la vulnerabilidad de ser perseguidas por ese algo o ese alguien entre el auditorio y nuestra casa. #todassomosLiliana
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