En ciertos contextos semánticos la palabra farol, con sus variantes andar de farol o echar un farol, aduce a una persona que presume de lo que carece o que es mentirosa y continuamente hace alarde sobre cosas con las que se compromete y que, desde luego, no cumplirá. Frente a esta palabra, de forma implícita, mi cerebro relaciona farola, que era la manera en que le llamábamos a los arbotantes que iluminan con su luz ambarina las calles de la ciudad y hace referencia a los postes de luz con varios brazos que se utilizaban en los puertos. Las fotografías nostálgicas con las farolas de Venecia son el ejemplo preciso de un lugar común.

Continúo con mis alusiones personales para indicar otros dos conceptos, esta vez musicales. El primero, la tierna voz del cantante y compositor Freddy Noriega en -quizá- la única canción exitosa de su carrera: Farolero, plena de octosílabos escritos por Rafael Pérez Botija y que algunos recordarán como el éxito de 1978 cuando la popularizó José José e injustamente le arrebató la fama a Freddy:

Yo sería farolero

si tú te hicieras farola

que me espera por las noches

encendida, pero sola.

Guardo para el final el recuerdo más entrañable que asociaba hasta hoy con esta palabra: la canción Farolito de Agustín Lara, donde destaca su afán de compositor y poeta personalizando la luz que le hacía compañía cuando iba a ver a su enamorada y nos hace partícipes de su diálogo pletórico de romanticismo insólito:

Sin llevarle más que una canción

un pedazo de mi corazón

sin llevarle más nada que un beso

lento, travieso, amargo y dulzón.

Ayer por la mañana leí un tweet -seguiré diciéndole así por los siglos de los siglos- donde señalaban que en Barrow, ciudad de Alaska, se había puesto el sol para no volver a aparecer hasta el 22 de enero de 2025. 64 días sin luz solar. Poquito más de dos meses. Los fenómenos físicos siempre son espectaculares y puntuales: la forma de la Tierra y su trayectoria elíptica la sitúan en lo más lejano de la órbita del sol y sus rayos, como Agustín Lara,  padecerán el sufrimiento de los románticos: expresar su intensidad sin saber si el destinatario logrará sentirlo.

Por la tarde noche fui invitada por tercer año consecutivo a la fiesta del farol de la escuela Bidao en el parque Estrellas de la colonia Contry, mientras Venus brillaba alucinante en la constelación de Sagitario.

¿Tan pronto llegó la fecha? Hace tres parpadeos y cuatro kilos menos brindaba por la llegada del 2024 y ahora estamos en las vísperas del 2025. Varias casas ya ostentan sus decoraciones de foquitos navideños. Recién pasó El buen fin. ¿Ya es tiempo de prepararnos para el invierno?

El movimiento de la tierra es perpetuo y ancestral. La conciencia del tiempo es un concepto moderno y abstracto; necesitamos la orientación del cosmos. Ajustamos nuestra vida al ritmo del planeta de acuerdo a la latitud donde hemos nacido. El sol y la luna gobiernan la siembra y por lo tanto nuestros alimentos y forma de vivir. La filosofía pedagógica de las escuelas Waldorf -a la que pertenece Bidao- hace especial énfasis en los ciclos de la tierra. Para la noche de San Juan, maestros y alumnos encienden el fuego, saludan los cuatro puntos cardinales y celebran el solsticio de verano con un picnic en el río La Silla.

En ocasión del otoño, convocan a la fiesta del farol que tiene verificativo la tercera semana de noviembre como un preludio para el solsticio de invierno y ocurre una semana antes del Día de Acción de Gracias en Estados Unidos. Todo este contexto la vuelve una de las fiestas más profundamente significativas, tiene un papel simbólico en el proceso de maduración de los niños y refleja los valores esenciales propuestos por el pedagogo y filósofo Rudolf Steiner: conexión explícita con la naturaleza, el cultivo de los valores espirituales, desarrollo del alma y la creatividad.

Dentro de su propuesta alternativa a la educación rígida y ortodoxa, el sistema Waldorf se enfoca sobre todo en lo intuitivo. Los niños siguen atentos el ciclo de la tierra y comprenden que ahora es el tiempo de prepararse para la llegada del invierno, comenzar las reflexiones de fin de año, establecer el fin de los ciclos, cosechar lo sembrado y esperar las buenas noticias que nos traerá la primavera. La fiesta del farol invita a los participantes a encontrarse con su luz interior para alumbrarse a sí mismos y al mundo.

En el día a día y en especial en las festividades, los alumnos reciben enseñanzas a través de metáforas con un alto sentido de los valores espirituales, por lo general tienen que ver con ejemplos de contemplación de la naturaleza. En años anteriores hicieron una representación de la leyenda de san Martín quien regaló su capa para compartirla con un mendigo en un loable gesto de compasión, generosidad y que reafirma la voluntad de servicio con las personas que nos rodean. Fue sumamente conmovedor observar a los niños cómo nos daban esa lección a los adultos recordándonos lo importante de la empatía, el amor al prójimo, la solidaridad más allá de las clases sociales.

Para la fiesta del farol, los chamacos hacen su farolito con sus propias manos y esto no es un pleonasmo sino que es una obligada, justa y conmovida precisión: guiados por sus maestros hacen la manualidad con el grado de dificultad a escala de su edad. A la par, cada integrante de la familia que los acompaña, lleva el suyo. Las creaciones son un derroche de talento, un homenaje a la creatividad.

Lejos de ser una competencia a ver quién hace el más bello, el desfile de faroles simboliza el poner lo mejor de nosotros mismos para el bien común. Se privilegian los materiales que son susceptibles de reciclaje.

El punto de reunión, generalmente, es en el parque Estrellas. La cita es a las 18:00 horas. Acudimos con nuestro farol apagado y una taza para recibir chocolate; por la mañana los niños han preparado galletas de zanahoria con avena y pasas para compartir.  Somos cerca de 100 personas. Como en todas las escuelas Waldorf, Bidao no sólo convoca a los niños sino que además apela a lo volitivo en la invitación a la familia extendida. Se crea una comunidad sólida, entregada, unida, donde se siente un ambiente de grata cordialidad en cada uno de los presentes. Hippies hightech que al tiempo que revisan su celular le echan una mirada a todos los niños que se convierten en responsabilidad de todos.

La tercera llamada a escena ocurre a las 18:30. Nos dan la bienvenida y comienza el recital. Como bien señala Roland Barthes (1915- 1980) La música es la única forma de arte que nos obliga a vivir en el presente. Desde los más pequeños, cada uno hace gala de sus talentos; cantan canciones alusivas a la luz -literal y metafórica-: ¡Qué linda es mi luz! ¿La puedes ver tú? Los niños de los primeros grados de primaria, nos deleitan con su canto y una flauta de madera: Yo voy con mi farolito y mi farolito conmigo. Los que pertenecen a los grados superiores lo hacen con una flauta dulce y una canción de mayor complejidad. Mi vela se apagó, a casa voy yo. Rapín del rapín del rapón.

Una vez que hemos escuchado las canciones, con el corazón a punto de turrón, el siguiente paso consiste en escuchar el cuento que nos relatarán las maestras con un juego de sombras proyectadas en una sábana sostenida por un par de mesas. No hay mayor producción: lo importante radica en lo que se va a contar. Volver a lo sencillo nos centra en el presente. La noche ha caído sobre nosotros y en el cerro de la Silla brilla en todo su esplendor la antena que es testigo de este momento. Hacia el poniente, donde el sol se ha ido a dormir, Venus titila como si fuera su lucecita de noche.

El relato cuenta la historia de una niña que deambula por el bosque buscando quién le ayude a encender su farol; en su camino encuentra un puerco espín, un zorro y un oso, que están muy ocupados y no pueden ayudarla; continúa su aventura y va a una cabaña donde una mujer teje en la rueca y se rehúsa a acompañarla; la niña persiste en su búsqueda y da con el taller de un zapatero que tampoco puede ser su guía. Al final, exhausta, llega al pie de una montaña y descansa sobre un montículo de piedras. Vencida por el cansancio se queda dormida y el mismo sol viene a encender su farol. El sol le comparte su luz, su brillo, su intensidad, su calor. La niña despierta, descubre el prodigio, y saltando de contenta vuelve sobre sus pasos, y en la medida que vuelve a su punto de partida, comparte su luz con todos los personajes que había encontrado en la vereda. Algunos adultos enjugamos lágrimas, conmovidos por el cuentito. Los pequeños comentan y comparten la enseñanza ¡No le ayudaron y ella les ayudó a todos!

Dentro de la libertad de la enseñanza Waldorf hay disciplina e impera el orden intrínseco de la lógica y convicción. El paso que sigue en el protocolo de la fiesta del farol es la procesión de las luces. Todos los presentes, primero los más pequeños y sus respectivas familias consanguíneas, hacemos una caminata alrededor del parque con nuestros faroles encendidos y cantamos:

Yo voy con mi farolito

y mi farolito conmigo.

Arriba brilla una estrella,

abajo yo y mi amigo.

Qué linda es mi luz

la puedes ver tú

rapín del rapón del rapón.

La temperatura del planeta ha descendido pero la nuestra ha aumentado. Caminamos y cantamos muy felices. Quienes van en silencio seguro van meditando acerca de lo que dice esa canción que no permite ignorarla, ya sea por el ritmo, por el mensaje subrepticio o por la decidida enseñanza.

Mis ojos se detienen en Olivia, a quien especialmente he visto crecer desde que llegué a Bidao. Era una niña de brazos y ahora canta junto a los del kinder. Pronto la veré tocando la flauta o dirigiendo la procesión. El paso del tiempo, su luz interior y la mía se cruzan en una mirada que es preludio de sonrisa.

Después de dar la vuelta al parque, volvemos al punto de partida. Colocamos los farolitos en el centro de la palapa: unimos nuestras luces para formar una gran luminaria: juntos por separado en una distancia imperceptible: unidos damos más calor, separados sentimos el frío. ¡Nos espera un chocolate caliente y galletas de avena con zanahoria y pasas! Todo es para compartir. No hay desechables, todos hemos cargado nuestra taza. Los mismos niños ofrecen, sirven y asean, responsables de sí mismos.

Tomo el chocolate. Iker es traslúcido en la expresión de su alegría porque Dante le ha dado malvaviscos gigantes. Los niños platican, comienzan a formar sus redes de secretos y confidencias. Traen de moda a Harry Potter y prueban diversas ramas que Penélope les dice que son una varita mágica, y, al decir de ellos, si Penélope lo dice, es cierto.

Contemplo el fuego y los escucho a la distancia. El instante de contemplación me hace enamorarme de este momento y sus enseñanzas: llevar mi propia luz conmigo, aproximarme a mi oscuridad sin miedo y salir avante para alumbrar el camino que aún me corresponde recorrer. Es inevitable pensar en que no todos los niños ni todas las familias tienen la oportunidad de vivir o costear una educación así. No es algo al alcance de todos pero algo podemos hacer para esparcirlo. Es mi deseo que la bondad de estos niños Waldorf los convierta en hombres y mujeres conscientes, compasivos, sensibles, empáticos, justos y que gracias a estas enseñanzas se conviertan en un farol para sí mismos y para la sociedad. Que sean ellos quienes lleven la luz a quienes ahora no pueden tenerla. Que sean el sol de cuento y enciendan el farol de los otros y que los otros alumbren a los demás. Luz que se expande. Aprendizaje que trasciende. Que siempre sepan compartir chocolate y galletas en una noche oscura y fría. Que, igual que san Martín, partan su capa en dos e inicien la revolución de las conciencias con el gran fuego de su luz interior.

Yo voy con mi farolito

y alumbro todo al pasar.

Las estrellas en el cielo

también alumbrando están.

Qué linda es mi luz

la puedes ver tú

rapín del rapón del rapón.