El domingo 17 de marzo murió el Padre Antonio a los 90 años de edad.

Desde que lo conocí, hace ya más de 30 años en Reynosa, mantenía una comunicación estable con él. Yo sabía que, en los últimos años, ya estaba muy afectado de salud, descansando en la casa sacerdotal de Matamoros.

Hace poco, en una de esas que le hablé por teléfono, con naturalidad le pregunté cómo estaba de salud y rio, con algo de desdén. Le pregunté qué tenía de gracioso mi pregunta. Agudo, como siempre, me respondió: “Me da risa que los que me hablan, como tú, me preguntan cómo está mi cuerpo, pero no como está mi alma”.

Desde entonces, primero le preguntaba cómo estaba su espíritu, a lo que me respondía siempre, que se sentía alegre, porque estaba en paz con Dios. La última vez que lo contacté, con voz débil me dijo que oraba por mí. A veces me llamaba Ryan O’Neal, otras me decía Robert De Niro, porque aseguraba que me parecía a esos actores. Al despedirnos esa vez, me dijo que le agradaba que le llamara para seguir en comunicación.

Justicia en la tierra

Al Padre Antonio lo conocí en la Parroquia de San Antonio de Padua, la frontera tamaulipeca, cuando recién él había llegado en 1993. Ahí creó la Fundación de Misericordia de Reynosa, AC, donde recibía migrantes y chicos problemáticos, a los que sabía tratar porque él se formó en el rigor de la calle.

Nos hermanamos de inmediato. Vivía a dos cuadras de la iglesia, así que lo visitaba seguido. En mi labor de reportero, cuando surgían temas relacionados con la Iglesia, me daba declaraciones. Era buen entrevistado, como hombre de religión sabio e inteligente.

Una vez me ilustró que la Virgen de Guadalupe, la imagen que conocemos, está embarazada de Jesús, a punto de dar a luz. La revelación me hizo escribir un cuento relacionado con ese detalle que para mí era novedad.

Nacido en Puerto Rico en 1934, el Padre Antonio Álvarez fue veterano de Guerra en Corea, donde anduvo en 1952, pero no le gustaba que se conociera esa faceta de su vida, pues prefería mantener un perfil bajo.

En el Hogar del Misericordia era, en la práctica, el padre y tutor de una decena de chicos, algunos de ellos adolescentes. La casa se cerraba y se abría a horas bien determinadas: “Esto no es un hotel, es la casa de Dios”, lo vi reprender con severidad una vez a dos muchachos que se reportaron 20 minutos tarde.

Una vez tuvo que hablar con hombres que vendían droga afuera de la Iglesia, y que querían enganchar a los muchachos del hogar. Los dealers accedieron y no se volvieron a colocar en el punto. “No le temo a la muerte, ni al martirio”, me decía y aseguraba que enfrentaría cualquier tormento alabando al Señor, como el profeta Daniel que fue echado al foso con los leones para que lo devoraran, seguro de que Dios lo protegería.

En una ocasión, acudió ante él una chica con la necesidad de confesarse, porque había ingerido un frasco de píldoras, con el propósito de quitarse la vida. Sentía urgencia de expiar sus pecados. Con su sentido práctico, el Padre le dijo que no necesitaba un cura, sino un médico, por lo que le habló una ambulancia y la mujer se salvó.

Desde que se hizo sacerdote, cambió su nombre. Nació como Antonio Álvarez Rivera, pero adoptó, como nombre sacerdotal Padre Antonio Álvarez de Santa María, por su veneración a la madre de Jesús.

Era ducho en Teología y pudo haber accedido a un puesto en la Diócesis, pero que prefirió ser un cura de pueblo, porque le gustaba estar cerca del rebaño. Aunque tenía derecho a un sueldo con prestaciones, determinó que todas sus percepciones fueran a la casa hogar.

Sus misas eran divertidas e interactivas. Dijo una tarde al micrófono:

“Señores, señoras, señoritas, tengan cuidado porque afuera anda una banda de malvados robacoches que han dado cristalazos. Trust God, but lock your car, o sea confía en Dios, pero ponle seguro a tu Mustang y a tu Explorer”.

Nunca he sido muy religioso, pero ir a su parroquia me tranquilizaba. Sentado en las últimas filas, me quedaba a misa de las 4 para escuchar su sermón y sentirme reconfortado del alma.

Nos pedía a todos los feligreses, algunas veces, que repitiéramos con él oraciones. Una vez me pidió que me pusiera de pie y me presentó a su manera: “Él es un periodista que se parece a Ryan O’Neal. A ver quiero que grites con fuerza: ¡Jesús, en ti confío!” Muerto de pena, lo obedecí, levantando la voz, para que todos me escucharan y él siguió con la prédica.

Altruismo

Ya mayor se mantenía como un hombre activo y de buen humor. Por encima de sus lentes de vista cansada observaba todo con atención, dispuesto a atender lo que no funcionaba.

A veces le llevaba despensa para sus muchachos. Me daba una lista específica de lo que necesitaba y le llevaba lo que podía. El Padre Antonio practicaba el altruismo en un nivel superior, de grandes ligas. Su desprendimiento era total. Por él aprendí que hay que dar lo que se tiene, no lo que sobra. Me lo decía, porque a veces le hacían llegar camisas rotas para sus muchachos. “No sirven ni para trapo de cocina”, lamentaba.

Lo mejor era ser altruista de corazón, sostenía, para desprenderse de una posesión y darla en el nombre de la misericordia, el valor que más parecía Jesús.

Me enseñó a no tener miedo a la palabra fracaso. Me decía que el que no conseguía el objetivo tenía la oportunidad de un comienzo nuevo y fresco, y que el fracaso era una enseñanza tremenda.

Dejé Reynosa en el 2001, pero desde Monterrey mantenía el contacto y cada vez que visitaba la frontera pasaba a saludarlo.

Recuerdo una de esas veces que le hablé para ver cómo estaba, la década pasada. Luego de contemporizar, me preguntó por el Grupo Kiss, que se presentaría en Monterrey. Me explicó que el nombre era un acrónimo que se refería a Knights in Satans Service (Caballeros al Servicio de Satán) y que, para protestar por las proclamas diabólicas del grupo, él viajaría desde Reynosa para manifestarse en el exterior del coso, pues no debía permitirse esa grosera exhibición del mal. Por cuestiones de logística no pudo hacer su manifestación, pero era, en ese aspecto, inflexible.

Antes de la pandemia, su salud menguó a causa de la leucemia, aunque continuaba su ministerio en silla de ruedas, hasta que necesitó retirarse en la casa sacerdotal de Matamoros, donde expiró.

El Padre Antonio Álvarez se ha ido. Lo extrañaré, seguro, pero, aunque me siento triste, me alegro por él, porque estaba convencido de que la muerte era una recompensa y que cuando llegara su hora estaría por la eternidad junto a Dios.

Más que un final, la muerte es un principio, me decía.

Sea.