Ya va llegando diciembre y sus posadas es la frase inicial de la canción “Regalo de reyes” de Javier Solís que nuestro inconsciente colectivo completa y canta en estas fechas cuando nos damos cuenta que, efectivamente, ya va llegando diciembre y sus posadas.
En mi infancia, en casa, la proximidad de la navidad estaba ligada a esa junta extraordinaria de la iglesia que tendría verificativo el último jueves de noviembre para la entrega de los papeles de los cuadros de navidad y la apertura de las cajas donde el año anterior se habían guardado los vestuarios que se utilizaban -quizá- desde el verdadero nacimiento de Cristo y que por esas fechas -y siempre- olían a naftalina y excremento de cucaracha. No, nunca nos encontramos un billete entre las bolsas de las túnicas quizá, precisamente, porque las túnicas no tenían bolsillos. Ensayábamos los sábados y domingos previos al 24 de diciembre.
En casa no poníamos pino, ni había regalos, ni esferas. Sólo en la iglesia hacíamos esos cuadros de navidad, donde representábamos la anunciación y le dábamos una repasada a los cuatro evangelios -que son un gran ejemplo de polifonía literaria-. Volvíamos a casa después de los ensayos viendo cómo en todas las demás casas había luces, coronas y arbolitos. En la nuestra no había nada. Nunca la escribí a Santa Claus.
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Otra señal para saber que se acercaba la navidad era el catálogo que venía en la Revista Selecciones en la edición de noviembre.
Las últimas hojas de este ejemplar venían repletas de una ráfaga de imposibles: el hombre elástico, la casita del árbol, los carritos chocones, autopistas, muñecas y demás que mis hermanos y yo sólo podíamos observar en el papel. Nuestros juguetes de plástico IGA los compraban de mayoreo en “El buen árbol” o en “La hermana mayor”. Nunca jamás me faltaron juguetes, pero no llegaban precisamente en navidad
Una señal más de que pronto sería navidad era la parsimonia y dedicación que ponía mamá en las carpetas que regalaba; después de lavar a mano, se sentaba a tejer por las tardes mientras los frijoles se cocían y contaba una a una las que tenía hechas o las que le faltaban para regalar a las vecinas. A cada una le ponía su nombre. Cada una distinta. Su amor nunca fue en serie.
Por supuesto, también estaba esa infaltable tortura de las manualidades de la primaria en las que jamás fui diestra y volvía a casa con un Rodolfo el Reno tan avergonzado de sí mismo que hasta parecía dinosaurio.
Y así, podría nombrar algunas otras cosas que hacían los vecinos, la peregrinación del barrio, las posadas de las triatas, las novedades de quienes vendrían de vacaciones, esa novedad de “hacer intercambio”, pero la señal definitiva de que la navidad se acercaba llegaba a nuestros oídos. La inequívoca víspera de la navidad estaba en la radio.
Sí. Lo repito. A principios de los ochentas la inequívoca víspera de la navidad estaba en la radio. Un pajarito cucú que probablemente había salido de un reloj de cuerda era el sonido de fondo para que una niña cantase “Los-más-lin-dos-ju-gue-tes/ son-de-Ju-lio-Ce-p-eda…/” y entonces la acompañaba un coro de voces infantiles que, también en sílabas, iban diciendo “…pa-ra- mu-ñe-cas-bi-ci-cle-tas-tre-ne-ci-tos… ¡y-ca-rri-tos! El-para-í-so-del-ju-gue-te-es- Ju-lio-Ce-pe-da. Ese anuncio bastaba para que brotara la esperanza, la buenaventura, el entusiasmo.
Bastaba ver los anuncios de Julio Cepeda Jugueterías en el periódico, o conseguir alguna tarde de domingo que nos llevaran a la sucursal de Cuauhtémoc y Colón -donde hoy es la estación Cuauhtémoc del Metro- a ver los juguetes, sólo a ver; que además nos compraran algo ya era el sueño del sueño del sueño de cualquier niño de esos barrios. La tiendota grandota estaba relejezotes: ¡Hasta Gonzalitos! y decían que hasta tenía restaurante y vendían hamburguesas.
En sus inicios, en 1954, la que hasta hoy es una gran juguetería comenzó como un taller de bicicletas. Nosotros visitábamos mucho la de Colón o la de Bernardo Reyes puesto que mi papá, cartero, siempre necesitaba parches o cámaras para reparar su bicicleta de mensajero. Algunas veces compraba las extrañas llaves para alinear los rayos.
Don Julio Cepeda, su fundador, fue ciclista y representó a México en los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952, en los VIII Juegos Centroamericanos y del Caribe, entre otros torneos. Después puso su tienda de reparaciones y fue prosperando hasta ser una de las jugueterías más grandes del país.

La sucursal de Gonzalitos, que abarca toda una manzana, es un lugar icónico para los regiomontanos. ¡Cómo olvidar las grandes filas para comprar los juguetes de moda cuando no era tan sencillo viajar a Estados Unidos! ¿Cuántas sonrisas contabilizaron sus cajas registradoras?

Esta navidad será su última navidad. Esta navidad será la última vez que se escuche ese jingle radial y evoquemos esa ubicación física. Después lo haremos en la nostalgia. ¿Te acuerdas?, diremos, mientras peinamos nuestras canas. En agosto de 2026 será demolida esa juguetería para dar paso a un nuevo centro comercial y edificio de departamentos. Como en Crematorio de Chirbes (Anagrama, 2007), el progreso demuele la tradición. Se dice que el resto de las sucursales continuarán.
Se va una parte de nuestra infancia, una porción de nuestras ilusiones. Se quedan ahí muchas pisadas llenas de emoción, lágrimas de frustración, cumpleaños gozosos, ilusiones perdidas, renacimientos, bicicletas que permitieron libertad, carcajadas pletóricas de euforia, ansias de festejo, hamburguesas a medio terminar, desfiles de Barbie y personajes de Star Wars hechos de legos. Suspiros de navidad que guardará el tiempo. Memoria acústica a través de la eternidad. Es el recuerdo entrañable de nuestra generación, quizá tan importante como para nuestros abuelos fueron las colaciones. Tendremos que redefinir las señales para festejar.
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