A la mitad del primer grado de secundaria, en el salón se formó el grupo de poesía coral.

Un profesor transeúnte, de esos que solo pasan unos meses por el aula, se dio a la tarea de organizarnos para interpretar un número en el día de las madres.

El ejercicio me pareció singular. Que nos pusieran a entonar con voces orquestadas y mímica me parecía un reto. En particular, el desafío se hacía interesante para algunos compañeros que jamás participaban en asambleas, eran apáticos en cuestiones artísticas y quienes, como única actividad física, se desgastaban jugando futbol en los minutos de descanso.

El Profe de esa actividad, al que llamaré Florencio, muy profesional nos hizo un casting. Cada uno de los alumnos, hombres y mujeres, comparecimos ante él y dijimos, con entonación enérgica: ¡Guerra, guerra! Teníamos que pronunciar dos veces la palabra que, me explicó, servía para que el intérprete definiera su entonación.

A mí me colocaron en voces medias. Un compañero, que era el bully maldito del salón, resultó con una voz aguda, por lo que fue colocado en el sitio donde había mayormente compañeras, y fue sujeto de carrilla durante todos los ensayos. Un chiquitín de los apocados resultó con voz grave y se le dio espacio protagonista.

La poesía coral me parecía un ejercicio singular que había visto en sucesivas asambleas, pero siempre en otros grupos. Me llamaba la atención la cursilería de las propuestas y los lugares comunes a los que se referían sus estrofas.

Abundaban alabanzas a la patria. Un mes antes, los de segundo entonaron “¡México, creo en ti!”. Una alumna, con mucho sentimiento, hacía la voz de solista:

…porque escribes tu nombre con la equis,

que algo tiene de cruz y de calvario;

porque el águila brava de tu escudo

se divierte jugando a los volados

con la vida y, a veces, con la muerte.

Me impactó, porque se mostró como una artista comprometida al momento de enaltecer la voz, como líder en esa agrupación que entregaba loas a la nación.

Pero ella mostraba un compromiso que yo nunca asumí. El ensayo de mi número para mí significaba momento para el cotorreo.

Ahora me arrepiento de la manera en que me tomé tan a la ligera un trabajo que el profesor se tomaba con una seriedad mortal. Era paciente y no nos regañaba, pero sí veía su cara de fastidio cuando estábamos picándonos las costillas entre los compañeros, cuando él nos demandaba silencio.

No podía evitarlo, el numerito me daba risa, pero llegué al punto de asumir solemnidad para complacerlo.

Puro sufrimiento

La que debíamos interpretar era una composición a la madre que tenía el azucarado título Mater Admirábilis, escrita por Antonio Mediz Bolio.

El poema es tremendista, truculento y lleno de dolor. El autor convirtió a las mujeres en víctimas de una vida ingrata. Peor, cuando se convertían en madres, tenían que pagar un precio de sangre y sufrimiento insoportables. Por ejemplo, en la siguiente estrofa:

La que sufre el crudo martirio sin nombre
de los abandonos, que desvelos pagan,
pero que perdona, que perdona siempre,
y bendice el filo que le hiere el alma.

Y así, una desgracia tras otra, por el solo hecho de haber parido.

Creo que de tanto interiorizarme en las penas de la exaltada madre, me memoricé muy bien la letanía que teníamos que interpretar con ademanes, desplazándonos en conjunto por el escenario, colocándonos de rodillas, de perfil, abriendo las piernas en tijera, agachados.

Llegó el 10 de mayo, y ya teníamos el número bien aceitado. Un día antes, el ensayo nos había salido a la perfección.

Poesía a la madre

En nuestra secundaria había un amplio foro de concreto, bien diseñado, en el que se podía ver el escenario desde cualquier ángulo del patio. Para las mamás sacamos, durante el festival, los mesabancos individuales y ellas se acomodaron en la sombra para ver el número.

En las semanas de preparativos, nos la pasamos pachangueando. Era una hora para practicar las rimas, pero nosotros estuvimos bastante desatentos.

Para sorpresa del profesor y de nosotros mismos, cuando nos tocó la interpretación, asumimos un papel profesional. Ahora creo que nos comportamos de manera ejemplar porque nos estaba viendo nuestra querida madre, a la que teníamos que dirigirnos con tanto fervor escénico.

No hubo risas, ni bromas, ni distracciones. Todos nos comportamos a la altura y recibimos al final un fuerte aplauso por la ejecución magnífica de nuestro número. Hubo mucha emoción cuando en la estrofa final, levantamos los brazos al cielo y, al borde de las lágrimas, gritamos con energía, para que las voces retumbaran por todo el patio:

¡Mater admirabilis!
¡Santas madres nuestras,
que nos dieron todo sin pedirnos nada!