Tengo a la mano, cerca del escritorio, el Libro de don Benito. A manera de título tiene únicamente el nombre del autor, Benito Lozano Robles, y como ilustración de portada una fotografía en la que está trajeado, de corbata y luce una gran sonrisa.
Nació en 1914 y murió en el 2010. Don Benito era abuelo de mi cuñada Mayté y se fue a los 96 años, el buen hombre, satisfecho de días, supongo.
El libro es una edición casera, como un minilibro del tamaño de un misal que cabe en la palma de la mano. Don Vicente, papá de Mayté, casado con doña Teresa, y yerno de don Benito, tiene una imprenta y se encargó de la edición. Consta de 28 páginas y presenta únicamente chistes, acertijos y problemas capciosos. Se distribuyó en la misa de primer mes de fallecido.

Van diez pájaros volando, uno dice espérame. ¿Cuál es el que dice?
R: Ninguno, porque los pájaros no hablan.
Don Benito tuvo un largo matrimonio de 70 años con doña Lupita, que se fue cinco meses después que él. Como singularidad de la pareja, él tenía un hermano y ella una hermana, Máximo y Esperanza, que también contrajeron matrimonio.
Me felicito de haber conocido a don Benito. Era un veterano expansivo que siempre estaba de buen humor. Era como el tipo de los chistes que adereza las reuniones familiares. En su caso, todos los chascarrillos eran de clasificación familiar, de humor blanco.
P: ¿Qué animal come con la cola?
R: Todos, porque ninguno se la quita para comer.
Contento
Me llamaba la atención su disposición por hacernos sentir bien a todos, como si quisiera que todo el mundo estuviera en su sintonía, es decir, contento, alivianado, ligero de la carga de los días y los pesares. Es sintomático de su personalidad alegre que, en su mocedad, integrara la banda municipal de Salinas Victoria, como trompetista.
Quién sabe qué tristezas habrá pasado a lo largo de una vida tan extensa, pero era evidente que, en su persona, era superavitario el saldo que le habían dejado las experiencias. Nunca lo vi enojado o de mal humor.
En la contraportada del libro tiene otra foto suya, pero formando con los dedos anteojos, en una postura juguetona, típica de su talante desenfadado.
Veo el libro que fue hecho en su memoria y pienso en la importancia de la palabra. Porque lo que se dice es lo que queda, lo que escribimos nos sobrevive. Bien se afirma que al final de los tiempos lo único que quedará es la palabra de quien aún pueda contar lo que ocurrió. Y si no hay palabras, el recuerdo, lo que hemos sido, se va. Y aquí estoy escribiendo de don Benito, tres lustros después de su partida, negándome a dejarlo ir.

Recuerdo el libro Azteca, de Gary Jennings. En el epígrafe, el autor cita el poema de Huexotzincatzin, Príncipe de Texcoco, escrito en 1484:
Ustedes me dicen, entonces, que tengo que perecer
como también las flores que cultivé perecerán.
¿De mi nombre nada quedará,
nadie mi fama recordará?
Pero los jardines que planté, son jóvenes y crecerán…
Las canciones que canté, ¡cantándose seguirán!
El poema fue escrito hace más de medio milenio, una eternidad. Pero aquí estoy ahora, evocándolo. El Príncipe de Texcoco no ha muerto, porque lo cito y lo citaré mañana, pues su texto está lleno de eternidad.
Aunque don Benito murió, no se ha ido. Con su prosa sencilla e ingenua, todavía me saca una sonrisa, porque siento como si él me estuviera contando un nuevo chascarrillo.
P: ¿Qué animal anda con las patas en la cabeza?
R: El piojo.
Llevó una vida sencilla, don Benito. No aspiraba a que le erigieran una estatua, o que colocaran su busto en alguna escuela. Fue un diligente empleado en una empresa de troqueles que vivió con decencia y se despidió de este mundo con las cuentas del alma bien saldadas.
Pero, aún sin proponérselo, me ha dejado un legado, el de su palabra, que me hacen evocarlo con toda su luz. Gracias a don Vicente, que tuvo el acierto de hacer el libro, que me mueve a recordar a Don Benito, cada vez que lo veo sonriente en la portada, desde la repisa de mi librero.
P: ¿De qué me llenarías un costal para que pese menos?
R: Todos dicen que de lana, pero no… de agujeros.
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